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La destitución de Murillo Karam – Por Andrés Expósito

   

La destitución del procurador general de la República de México por el presidente Peña Nieto es solo un lavado de cara, una estrategia promocional porque quede desahuciado y arrinconado en el polvoriento trastero del pasado el caso de los 43 desaparecidos de Iguala, que tanto daño le ha hecho, junto a otros sucesos de corrupción, narcotráfico y muertes. La pretensión es hipócrita, mísera y atenta contra el dolor de los padres de los desaparecidos. No por la destitución en sí, la cual tendría que haberse llevado a cabo hace bastante por intentar en repetidas y múltiples ocasiones desviar y desvirtuar todo lo acontecido la noche del 26 de septiembre en Iguala. No. El descaro y la inmundicia vienen dados porque la destitución de dicho miembro del gobierno, que hasta hace poco era pieza importante, necesaria e imprescindible, es más una táctica de marketing debido a un rechazo popular, a un descontento de la ciudadanía, y en ello, señalar al susodicho y a la ineficacia de la gestión realizada, que por haber tomado el gobierno en consecuencia nuevas posibilidades y proposiciones para acercarse al esclarecimiento de lo acontecido. Lo sucedido con los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fue consecuencia del entramado que sujeta y condiciona la realidad de México: la corrupción y el narcotráfico. Todo parece embarrado y salpicado, colmado de putrefacción, atrincherado bajo la narco política, la narco economía y el narco terror, donde la implicación de gobiernos, militares, policía, funcionarios del Estado, desde hace décadas, zarandea y convulsiona al país. Por ello, este lavado de cara, de símil proporción que la captura de algunos narcotraficantes -cabezas de turco o rivales de los narcos amparados y defendidos por las instituciones-, solo alberga la pretensión de convencer a la población, en un intento de calmar las aguas revueltas que golpean y azotan al gobierno de Peña Nieto, convencerlos de que se está trabajando en abolir y derrocar el narcotráfico, y en idéntico modo, que la visión internacional aplauda y considere que los pasos y las pautas toman posiciones nuevas, aunque en nada eso será así. La muerte se pasea por México, y lo hace de manera desconsiderada, nadie está libre, nada es fortificación, la guerra entre los diferentes narcos es una realidad diaria por hacerse con las mejores rutas y los más extensos y apropiados lugares, y por imponer su poderío y dejar claro a las otras quién manda. El terror se ha asentado como el insalvable e imperante paisaje que hay tras la ventana al mirar por ella, donde un día tras otro múltiples cadáveres aparecen degollados, tiroteados, marcados y rajados; también están los otros, los desaparecidos, nadie los vio, nadie sabe nada, y el que lo sabe, calla. No se mira, no se habla, la muerte se pasea horrenda por México.

*Escritor