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Un ‘día de’ la mujer y 364 ‘de’ hombres – Por Teresa Cárdenes

   

Carolina andaba el domingo farfullando acerca de si esta España grande y libre y de Podemos es todavía una rancia reserva de machismo en modo ibérico o progresa adecuadamente hacia la igualdad más allá de lo formal. Ella es agnóstica en lo tocante a las disquisiciones por razón de sexo: no tuvo jamás un salario inferior al de sus compañeros varones, esquivó con espantones los amagos de seducción de aspirantes ilegítimos en el entorno laboral y montó su propio despacho de picapleitos especializada en divorcios cuando comprendió que no tenía tiempo ni paciencia para darse de cabezazos con un techo de cristal en el bufete franquiciado donde empezó como becaria. Con el cambio también tuvo algo que ver cierto episodio inolvidable: una discusión a gritos con el imbécil de su jefe, un día en que él, acorralado por la inteligencia mordaz de Carolina e incapaz de argumentar sensatamente porqué debía ella renunciar a unas minivacaciones para comerse un marrón sobrevenido un viernes de Semana Santa, hizo un alarde de estilo y cortesía y le espetó: “Oye, Carolina, bonita, no quieras convertir este debate en un campeonato a ver quién la tiene más larga”.

¡Clonc, clonc, crashhh…! La puerta del office contiguo al despacho de aquel idiota estaba abierta. Así que Carolina pudo identificar perfectamente entre aquel barullo de vajilla rota el sonido inconfundible de al menos dos platos y tres tazas de Limoges que acababan de rodar desde la bandeja que portaba una estupefacta secretaria, para acabar estrellándose sin remedio contra el suelo. Carolina imaginó a la pobre secretaria en el trance de petrificarse en aquella cocina diminuta ante los restos del naufragio cerámico. “Vaya, parece que tu carísimo juego de café acaba de inmolarse como prueba de amor a tu agudeza…”. Carolina acompañó la frase de su recurso teatral favorito: clavar sobre aquel infeliz una mirada gélida, solo comparable en su nivel de congelación al de la brisa que te taladra si te da por irte en las noches de noviembre a ver salir los cruceros desde el muelle.

Él, doblemente impactado por el estropicio de loza y el efecto rebote de su temeraria grosería, apenas acertó a disimular su incomodidad colocando nerviosamente las tres plumas de marca que como buen esnob exhibía sobre la mesa. Luego hizo un patético intento de devolverle una mirada desafiante. Pero era un hombre sin estilo alguno, así que en modo retador no pasó del nivel de fiereza de los ojos con que te miran los bacalaos noruegos desde el mostrador de pescados de Hipercor. En el cruce de miradas, apenas tuvo tiempo para calcular cuánto acabaría costándole al despacho aquella imprudente frase suya con testigos. Ella, mientras, sonreía. Menudo acuerdo de divorcio…

Tras aquel episodio y pese a tener un pasado de refractaria rebeldía ante los movimientos feministas, que ella consideraba una adorable antigualla del siglo XX, Carolina empezó a frecuentar tertulias de abogadas compatibles en perfil con eso que los descerebrados como su exjefe califican de feminazis. Al principio, porque le hacía gracia escuchar extravagancias tales como “me gusta depilarme, pero si no me gustara, sería justo que nadie me molestara por ello”. Ahora, como si al sentarse cada jueves en silencio a escucharlas despotricar del dominio de los hombres en general y las imbecilidades de alguno en particular, ella estuviera haciendo un máster sobre antropología. Un máster la mar de productivo, porque luego, de vuelta al despacho, Carolina recicla toda la colección de yugos insoportables e inadmisibles roles patriarcales para insertarlos en su propio manual sobre cómo triturar con la máxima eficacia a los maridos de sus clientas.

En esas estaba cuando se celebró el domingo el Día Internacional de la Mujer y se entregó a una discusión consigo misma sobre si es razonable o no seguir celebrando días de: si es de la mujer sólo el 8 de marzo, ¿significa que son de los hombres los otros 364? La disquisición sobre el aparente absurdo no duró mucho. Apenas el tiempo que tardó en escuchar un toc, toc sobre la puerta de su despacho, tras el cual entró una mujer cuyos ojos parecían centellear de ira. “Necesito hablar contigo, Carolina; quiero divorciarme”, dijo mientras depositaba sobre la mesa un ejemplar de Todo sobre la infidelidad.

Ajá. Era la esposa de su exjefe.