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Ingrid Bergman – Por Luis Ortega

   

Patriotas hasta el exceso -patrioteros para algunos-, aficionados a la estadística que avala datos y deseos, los norteamericanos publicaron un ranking que situó a la sueca en el cuarto lugar entre las estrellas mundiales, tras Katharine Hepburn, Bette Davis y Audrey Hepburn, según el American Film Institute. Fuera de ese orden, sólo la primera la superó en el número de Oscar -cuatro por tres- y nadie, hasta hoy, la iguala en versatilidad y calidad interpretativa ni en cantidad de premios: cinco Globos de Oro, dos Emmy y primera ganadora del Tony por su labor teatral en Broadway. Iniciada en Estocolmo con Edvin Adolphson y el film Munkbrogreven, su carrera de medio siglo se desenvolvió en sueco, alemán, inglés, italiano y francés y trabajó con los mejores directores de la segunda mitad del siglo XX, entre ellos su compatriota Gustaf Molander, el británico Alfred Hitchcock, y el italiano Roberto Rosellini que, tras una aventura amorosa que sacudió los convencionalismos burgueses y las censuras de católicos y luteranos, fue su segundo esposo. Un colega cinéfilo me llevó a una sala madrileña de culto donde, durante este año y con motivo del centenario de su nacimiento, se proyectarán las obras emblemáticas de una intérprete singular. La cartelera nos deparó, curiosamente, Sonata de otoño, el único trabajo con Ingmar Bergman por el que fue nominada por la Academia de Hollywood y, para el futuro, se anotaban las dos versiones de Intermezzo; la original, realizada por Molander, con guión de Gösta Stevens, en 1936, y la versión inglesa producida tres años después por David O. Selznick y dirigida por Gregory Ratoff en la que tuvo como partenaire a Leslie Howard, el galán de moda en USA y que significó el debut de la estrella sueca en la Meca del Cine; y, entre otros títulos capitales, Encadenados, Stromboli; Arco de Triunfo, Por quién doblan las campanas, Atormentada, Las campanas de Santa María, Indiscreta, El albergue de la sexta felicidad, Luz de gas (1944, George Cukor) y Anastasia (1956, Anatoly Litvak), que le valieron sendas estatuillas como Mejor actriz, y Asesinato en el Orient Express, por la que fue distinguida como actriz de reparto. Y, naturalmente, Casablanca, de Michael Curtiz, en la que compartió cartelera con otro mito, Humphrey Bogart, indisolublemente unidos en el imaginario mundial del siglo XX.