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El invierno árabe – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

En el mes de septiembre pasado el general David Richards, ex jefe de Personal de Defensa y miembro de la Cámara de los Lores, recomendó al primer ministro británico, David Cameron, que negociara con el presidente sirio, Bashar Al-Assad, para atacar por aire las bases del llamado Estado Islámico (IS) en Siria. En declaraciones a la BBC, el general Richards aseguró que “hará falta algún tipo de acuerdo” con el Gobierno sirio para poder bombardear los objetivos del IS. El primer ministro se oponía -y se opone- rotundamente a colaborar con el presidente sirio, al menos oficialmente. Por aquella época, en la cumbre de la OTAN celebrada en Gales, se decidieron los ataques aéreos en el norte de Siria e Irak. Y Cameron advirtió que la lucha contra el grupo terrorista en su propio terreno tendría que llevarse a cabo, en cualquier caso, de espaldas al propio Al-Assad: “La máxima de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos han dado pie en el pasado a numerosas pesadillas”, afirmó. Sin embargo, los analistas militares han advertido repetidamente que las operaciones aéreas contra el IS no serían efectivas sin algún tipo de pacto de “no agresión” entre el Gobierno sirio y los aliados. Y, a pesar de las manifestaciones oficiales, es de suponer que ese pacto existe y está permitiendo los bombardeos.

Curiosamente, el general Richards fue el encargado de planear en el año 2012 un plan que incluía armar una milicia de hasta 100.000 soldados para hacer frente e intentar derrocar al presidente sirio. En aquel momento, los torpes dirigentes occidentales no previeron que el Estado Islámico iba a convertirse en lo que es ahora. En realidad, el general Richards fue más allá en su análisis de los ataques aéreos contra las bases del IS, y sostuvo que solo serían operativos como parte de un plan estratégico que incluyera un acuerdo con Al-Assad, pero también con Rusia, sostenedor del presidente sirio, y, sobre todo, con Irán, una dictadura teocrática chií enemiga por principio de los suníes. Todas las evidencias apuntan a que esos acuerdos existen, aunque nunca serán reconocidos por los implicados.

El IS significa una amenaza muy real y muy peligrosa para la democracia y la libertad. Y exhiben una eficacia militar más que preocupante. A mediados de 2014 tomaron Mosul, la segunda ciudad de Irak: las tropas iraquíes, formadas y armadas por los norteamericanos, ni siquiera ofrecieron resistencia. Desde entonces controlan más de un tercio de Siria e Irak, con una población que ronda los 11 millones de personas. Y su expansión va en aumento, al igual que sus atrocidades, a pesar de los bombardeos occidentales.

Esa expansión tiene un sólido fundamento económico, porque el IS es, con diferencia, la organización terrorista más rica del mundo. Se le calculan unos impactantes ingresos en torno a los dos millones de dólares al día gracias a las ventas del petróleo y gas que producen en su territorio, y, en menor medida, a las extorsiones, los rescates o el mercado negro de antigüedades. ¿Quién compra ese petróleo? ¿Quién contribuye a financiar a esta organización criminal? No hay datos fiables, todas estas operaciones se mueven en la clandestinidad y la falta de transparencia es total. Los compradores se supone que son Rusia, China, algunos Estados ex soviéticos de Asia Central y el propio régimen de Bashar Al-Assad. La financiación, sobre todo en los primeros tiempos, provenía de Arabia Saudí, los Emiratos del Golfo y Turquía. Son terriblemente pragmáticos en la batalla y se alían con los enemigos de sus enemigos: los restos del partido secular Baaz, el partido de Saddam Hussein, y otros similares.

Señalábamos antes que los torpes dirigentes occidentales no preveían que el Estado Islámico iba a convertirse en lo que es ahora. En particular los norteamericanos, que tienen una larga ejecutoria de decisiones torpes y gravemente equivocadas en Oriente Medio, empezando por la caída del sha de Irán y la llegada al poder de los ayatolás liberticidas y represores de las mujeres. Poseídos de una locura suicida, han ido desmontando las dictaduras que mantenían bajo control al islamismo radical y han liberado a la bestia. Las únicas oposiciones a esas dictaduras que estaban organizadas y eran dignas de ese nombre eran los grupos yihadistas.

Lo demás son personajes en busca de autor que solo se representan a sí mismos, o dirigentes tribales que, en el mejor de los casos, representan a sus tribus. Y de esta manera se han alumbrado regímenes débiles e ineficientes, incapaces de hacer frente a la amenaza radical y que, encima, no son democráticos, porque esas sociedades no reúnen las condiciones mínimas para alumbrar una democracia. Egipto, por ejemplo, ha vuelto a la dictadura militar en donde se encontraba desde los tiempos del coronel Gamal Abdel Nasser, el respetado líder del Tercer Mundo.

El general David Richards no ha dicho sino lo que la corrección política no permite decir a nuestros gobernantes. Políticos irresponsables y periodistas desinformados han denominado a todo este disparate la “primavera árabe”. Y no hay tal primavera. Solo un crudo invierno que amenaza con congelar nuestros valores y nuestra forma de vida.