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Los lunes de Carnaval en el Casino

   

Imagen del antiguo y espléndido salón de baile del Casino de Tenerife. / DA
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Imagen del antiguo y espléndido salón de baile del Casino de Tenerife. / DA

JOSÉ MANUEL PADILLA BARRERA | Santa Cruz de Tenerife

Los primeros años del Casino, desde que tuvo ese nombre en 1849, no fueron especialmente boyantes. Un comentarista de 1854 lo asimilaba con una planta exótica de difícil aclimatación. Sin embargo se aclimató, salió adelante, pagó sus deudas y cumplió con sus obligaciones, una de ellas era la de proporcionar esparcimiento a sus socios y familiares, fundamentalmente organizando bailes, bailes que, en ese año del que hablamos, se anunciaban así en la prensa diaria: “Mañana a las diez de la noche dará la Sociedad del Casino un gran baile a todos sus socios, en cumplimiento de uno de los artículos de su Reglamento”.

Muchos fueron los bailes que se dieron en los salones del Casino, entre los años 50 y 80. Según se iba acercando el fin de siglo, aumentaron tanto en fama y calidad que estuvieron a punto de morir de éxito, porque el número de asistentes crecía y crecía pero la casa, como es natural, no. Materialmente no se cabía en los salones. En 1891, para el lunes de Carnaval, la Sociedad se vio obligada a ampliar el salón de baile, los tertulianos se quedaron sin sus salas de reunión y lectura, el secretario sin su despacho y hasta las señoras sin su antiguo tocador, se logró de esa forma que el salón pasara, en el sentido paralelo a la plaza de la Constitución, de 25 a 40 metros. Aún así, se bailó esa noche con dificultad y se comentaba que al año siguiente se celebraba el baile en la plaza o saldría mal.

Casi sin querer ha aparecido la expresión lunes de Carnaval que a partir de ahora habrá que escribir con mayúscula: “Los Lunes de Carnaval del Casino”. Esa fiesta, que por rara decisión era de etiqueta en lugar de disfraz, ha sido la de mayor categoría y prestigio de la Isla, yo diría que de Canarias, durante casi tantos años como la Sociedad tiene. Los malos vientos económicos se la han llevado por delante. Creo que una obligación pendiente que todos los socios tenemos es la de recuperar esa tradición, que como se decía en una crónica de 1892, es para el Casino timbre glorioso de su historia.

Pero ¿cómo eran esos bailes del siglo XIX? Pues tomando piezas de un lado y de otro, dejando hablar a testigos de la época, podemos recomponer un puzle que nos permitirá conocer cómo era uno de esos famosos Lunes de Carnaval, con el encanto añadido de utilizar sus testimonios con el lenguaje propio de su época, el del romanticismo, el estilo con el que todo el mundo quería expresarse, poético, muy exaltado y desbordante de admiración hacia el sexo femenino. Buena prueba de ello son los bellos versos que el poeta romántico tinerfeño Rafael Martín Fernández Neda dedicó a los bailes del Casino allá por el año 1859, que terminaban así: ¡Oh! Cuántos primores, cuántos. Veo en ráfaga ilusoria. Brindando amores y encantos… Aquí debe estar la gloria, puesto que hay ángeles tantos.

Desde las 10 de la noche, hora fijada para el comienzo de la fiesta, la comisión encargada de recibir a los invitados esperaba en la galería de entrada para hacer los honores correspondientes. Pronto comenzaban a llegar a las puertas del Casino, las bellas isleñas, vírgenes de Murillo, tipos de Goya, figuras esculturales que momentos después convertirían la seriedad ordinaria de la Sociedad en alegre paraíso terrenal. En aquellas noches el Casino de Santa Cruz presentaba un deslumbrante aspecto. Las ricas y variadas telas, las rizadas plumas, las gasas y rutilantes joyas que adornaban a las bellas participantes en la fiesta, sus encantadores rostros, el brillo de sus ojos, la fragancia de la flores, el resplandor de las luces, las juguetonas risas, los murmullos de satisfacción, formaban todo un conjunto difícil, sí no imposible, de describir.

Los de por si elegantes salones eran notablemente mejorados. En el decorado y adorno de los mismos demostraba su buen gusto la comisión de jóvenes a quienes la Junta Directiva encargaba este cometido. Mucho antes de la fiesta ya estaban profusamente iluminados todos los departamentos, especialmente el salón principal que aparecía esplendido de luz, flores, brillantes y rubíes, porque flores eran las niñas, brillantes eran sus ojos y rubíes eran sus labios por donde brotaban los pensamientos que solo en el corazón de la mujer se anidan. Con el rigodón de honor, cuyas cabeceras ocupaban el presidente del Casino y las principales autoridades civiles y militares, con sus respectivas esposas, se iniciaba el baile a las 11 y media. Los negros fracs y los vistosos uniformes resaltaban como manchas oscuras entre los claros y vaporosos vestidos, que dejaban al descubierto preciosos brazos y lindas gargantas. De no saber que era un baile, podría pensarse que se trataba de un concurso de belleza. Tras el primer rigodón seguía la orquesta interpretando otros bailables, pero siempre en un mismo orden: vals, polka, rigodón, vals, mazurca y lanceros y vuelta a empezar con el rigodón. Lanceros era una pieza que se hizo muy popular a finales del XIX y se bailaba formando figuras coreográficas por cuadros de cuatro parejas. El orden de interpretación era imprescindible para que los jóvenes pudieran anotar en sus carnés de baile, que el Casino les proporcionaba, junto al título de cada composición musical el nombre de la damisela a la que habían logrado convencer que fuera su pareja en esa pieza. Era una lucha de titanes conseguir rellenar los huecos del carné. La animación era grande y el cansancio desconocido. Hacia las doce y media, para refrescar, se servían salvillas de exquisitos helados. A partir de las dos de la madrugada las fuerzas empezaban a faltar y había que reponerlas, ese era el momento en que se abría el buffet.

El comedor presentaba un magnífico golpe de vista. En una extensa mesa en forma de herradura, capaz para 48 cubiertos, adornada con preciosos candelabros de plata, centros de mesa, jarrones y gran profusión de flores, se encontraban dispuestos los manjares que integraban el menú, que delicadamente escrito en francés estaba compuesto por unos entrantes de camarones, jamón y aceitunas y una gran variedad de platos, desde consomé a pato trufado o ternera asada. Los vinos eran de Valdepeñas y Tenerife, sin olvidar el champagne, que se bebía durante toda la noche. Las exquisitas viandas eran servidas a los comensales que sucesivamente iban ocupando los puestos del festín por la comisión destinada a ese objeto, que lo hacía con suma finura y delicadeza. Al igual que el resto de salones, el comedor estaba espléndidamente decorado, llamando la atención los tres paisajes al temple que cubrían las ventanas, cuyo autor era Diego Crosa, muy conocido tanto como pintor, como poeta festivo. Al ser por turnos el servicio de comedor, el baile continuaba con el mismo entusiasmo hasta el último rigodón que a las siete de la mañana lo bailaban unas 20 o 30 parejas que se resistían a abandonar los salones.

Aún me quedan en el tintero los bailes que se organizaban en homenaje a personalidades distinguidas, que tenían su singularidad, y como tienen mucho que contar que no cabe en un artículo, lo dejo para una conferencia que daré en el Casino, si Dios quiere y el presidente lo permite.