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a veces soy humano >

Una mujer madura – Por Félix Díaz Hernández

   

Con cierto nerviosismo, sabiendo que varios hombres presentes en la terraza de aquel local escudriñaban sus movimientos, hurgaba buscando algo en su bolso con la mano. Aquel portaobjetos escondía telas, refajos y cremalleras sin un orden establecido, nadie lo diría analizando su sobria y barata apariencia externa. Era una tarde cualquiera, ya libre de obligaciones, decidió darse un tiempo a sí misma.

Finalmente encontró el mechero y pudo soltar el bolso en la silla contigua, que al igual que las otras dos que rodeaban su mesa, su territorio, estaban vacías. Irguió su espalda y la dejó caer sobre el respaldo casi a cámara lenta, un movimiento ensayado que conjugaba con el cruce de piernas. Levantó la mirada a su alrededor, extrajo uno de sus eleemes y lo hizo aterrizar en la comisura de los labios. De porte menudo, aquella mujer poseía unas cuidadas manos que ahora, comparadas con el cigarrillo que sostenía sus dedos, parecían las de una muñeca. Resultaba evidente que no sabía fumar con elegancia. Exhalando el humo a borbotones irregulares, tanto en su forma como densidad, modificó su centro de atención hacia un teléfono móvil envuelto en una funda plástica de colores chillones. Terciaba con la mano libre pulsando la pantalla, soltaba el aparato, sorbía una caña de cerveza cuyo espíritu había caducado hacía rato y retomaba el contacto con el teléfono. Una fuerza interior, irreconocible, le decía que aquella terraza, llena de clientes de un hotel cercano era el hábitat perfecto para ella.

Quería parecer una persona mayor, una mujer madura, pero acababa de salir del instituto; estaba quedando con una amiga para plancharse el pelo; tonteaba por WhatsApp y había dejado, premeditadamente, sus apuntes en clase. Estaba segura de que ya vivía en el futuro que siempre había deseado.

@felixdiazhdez