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Nuevo territorio – Por Salvador García Llanos

   

Profesionales de la cultura, del periodismo y de la comunicación incursionan en política. Bueno, positivo, interesante… De su bagaje, de su experiencia se puede esperar una aportación sustantiva y enriquecedora de una actividad que, por múltiples razones, lleva mucho tiempo causando desafección -cuando no, repulsión- en nuestro país. Si, además, sirve para combatir el abstencionismo y la incredulidad, estupendo.

Hubo un tiempo que la democracia necesitaba ser apuntalada o consolidada y algunos decidieron dar el salto para contribuir a esa noble causa, sin que ello suene grandilocuente. Hoy, con sentido de perspectiva histórica y prescindiendo de connotaciones subjetivas y otras valoraciones, puede decirse que coadyuvaron al objetivo. Y hoy, cuando las circunstancias son otras, más adversativas si se quiere, cuando se requiere sensatez, equilibrio, ponderación, transparencia y funcionamiento pluralista con esquemas renovados, resulta cuando menos esperanzador que personas que han observado desde fuera los vaivenes de la política, con sus miserias y sus grandezas, hayan dado un paso al otro lado, hacia donde se cuecen y se adoptan decisiones que afectan a la sociedad, a una comunidad territorial o a un municipio.

En el fondo, estas personas son como cualesquiera otras, de carne y hueso, con su corazoncito, con sus simpatías, con sus afinidades y con sus ideologías. Puede que ya hayan alcanzado su techo profesional, que sean jubilados o que les haya tocado engrosar las listas del desempleo. Pero no quieren estar ociosas -lo cual es siempre saludable- y se sienten útiles, con ganas de seguir en activo aún cuando sea en un terreno que en algún momento pareciera hostil y hasta miraron con recelo. Desean ayudar a la colectividad en la que se desenvuelven: tan solo por este hecho su decisión merece ser respetada.

Que sepan, desde el primer momento, que van a ser criticadas, que no faltarán voces reprobatorias de su decisión. Les reprocharán por ejemplo que los partidos con los que van a concurrir les utilizarán como banderín de enganche por su fama o por su popularidad labrada en el ejercicio de su profesión. Y otros, más exigentes, cuestionarán su conocimiento de la gestión administrativa o de la gobernanza o de los equilibrios presupuestarios, como si todos los que acceden a la cosa pública ya fuesen aprendidos o como si no fuese en la praxis cotidiana y en el intercambio de conocimientos y experiencias donde curtirse en esas y otras materias. Por supuesto, después de una etapa de parabienes, llegarán los tiempos de las exigencias y las críticas. Pero así como han acreditado respeto y tolerancia, esas espaldas -esperemos- aguantarán dicterios y frecuentes desmesuras. Elogios, los justos. O los mínimos.

Tendrán que asimilar, desde luego, pero llegan con su ilusión, con sus pertrechos vitalistas y profesionales. Les espera el territorio donde no debería valer todo. Que aporten, pues, el equilibrio y la mesura de los que hicieron gala durante tanto tiempo para transformarlo. Dicen -después de la aritmética electoral, ya veremos- que se abre una nueva era para ese territorio. Ojalá estas personas aporten lo que puede esperarse para evitar ciertas repeticiones y ciertos vicios.