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La orden viene de la sangre – Por Ana Martín

   

Cuando se publique este artículo serán muchos -ojalá- los que se hayan escrito sobre el ministro de Defensa, Pedro Morenés, y su bochornosa actuación en el Congreso de los Diputados durante la comparecencia en la que se le instó a hablar sobre el acoso sexual en las Fuerzas Armadas y las medidas para prevenirlo. Pero “la orden viene de la sangre”, como dijo, certero y preciso, el poeta Millares. Y yo tengo la suerte de ser de una estirpe de mujeres a las que ni el frío, ni la guerra, ni las crisis han hecho temblar lo más mínimo. Lo de mi tatarabuela, mi bisabuela y mi abuela no era igualdad de género. Era indiscutible y absoluta superioridad de género; aquella que da el arrojo de ser capaces de llevar una casa con hijos, hijastros y deudos y trabajar de sol a sol dentro y fuera de ella, sin apoyo ni descanso. Ello me obliga, creo que por primera vez en mis veinte años de profesión, a escribir no a favor de la mujer, que no necesita ni pide favores, sino contra la ignominia que seguimos padeciendo en pleno siglo XXI.

La actitud que exhibió el ministro Morenés en su comparecencia, que leyó sin un ápice de humanidad, como un incómodo trámite burocrático, no es más que la manifestación externa de una actitud de desprecio absoluto por el sufrimiento ajeno, lo que resulta aún más hiriente si tenemos en cuenta que se habla de un problema que pocas mujeres se atreven a hacer público cuando no por miedo, por culpa o vergüenza.

Así ha hecho, incluso a riesgo de perderlo todo, la comandante Zaida Cantera. Pero a Morenés, que increpó y mandó a callar -ya tocando la boca, ya la frente- a la diputada Irene Lozano, que le pedía que explicara su actitud indiferente ante este escándalo, le parece que hacer público el abuso es mancillar el nombre del Ejército para hacerse promoción. Cuánta sensibilidad.

Y, sin embargo, quienes ensucian el nombre de las instituciones, de los cargos, de los puestos que ostentan, son aquellos que se comportan como bárbaros, como animales, como auténticas alimañas sin corazón. Quienes se aprovechan de los débiles. Quienes abusan de su estatus para acosar. Quienes pisan porque se saben impunes. Quienes justifican y ríen las actitudes machistas. Incluso quienes se dan la vuelta para no mirar y siguen a sus cosas. En un ejército, en la tahona o en la obra.

Esos, sean del sexo, rango o condición que sean, son quienes manchan el prestigio del lugar en el que trabajan.

Lo que al ministro le parece intolerable, lo que el ministro considera una agresión no es lo que Zaida Cantera ha denunciado, sino que lo haya denunciado.Porque, de ese modo, se ha roto la comodidad que ofrecía el vergonzoso pacto de silencio que hasta hoy había existido.

Un pacto que, sin embargo, no ha evitado que gente como yo misma, tan alejada de las estructuras militares, haya escuchado alguna vez historias bastante más truculentas que las típicas batallitas de la mili. Relatos en los que a las mujeres se las ha ninguneado, vejado y humillado solo porque a ojos de algunos -y digo, claramente, en voz alta, algunos- descerebrados han tenido la osadía de querer desenvolverse en un mundo que todavía muchos creen de hombres y para hombres.

Zaida Cantera, no le quepa duda, ministro Morenés, no va a volver a ser la misma. Nadie puede pasar por un calvario similar durante tanto tiempo y salir indemne. Pero su verdadero triunfo no está en que su caso haya llegado a los medios y, después al Congreso. Está en que las cosas tampoco volverán a ser iguales en el Ejército para las mujeres -y los hombres- que, poco a poco, dejarán de tener miedo a denunciar lo que sufren. Yo misma, humilde periodista de provincias, no volveré a ser la misma, porque no pasará un día en que no me rebele, de la manera que sea, contra injusticias como esta.

La orden viene de la sangre.

@anamartincoello