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Pedro Imovitsch – Por Luis Ortega

   

Con tantos expolios patrimoniales, por razones bélicas o por desidia en la vigilancia del patrimonio, especulación o por dinero, llanamente, cualquier recuperación documental o artística se incluye en el anaquel de las buenas noticias; es decir, los tímidos consuelos a las vueltas de tuerca de la crisis, las secuelas de una pobreza sin precedentes, las trapacerías de los desaprensivos, los pleitos secesionistas y las tensiones previas a unas elecciones autonómicas. Hace unos meses, la Guardia Civil -institución revalorizada como ninguna otra por la democracia- recuperó un centenar de documentos, sustraídos del Instituto de Historia y Cultura Militar del Ejército de Tierra después de 1809 y que, tras muchos avatares se ofrecían a la venta a través de Internet por trescientos euros cada uno.

El Grupo de Patrimonio de la Benemérita reconstruyó un importante capítulo del pasado a partir de este robo y del reaparecido botín que, en el último medio siglo, un anticuario de Sevilla vendió a coleccionistas de distintas capitales andaluzas. Todos ellos son actas de alistamiento de mercenarios suizos del Cantón de Schwyz, controlado por la poderosa familia Reding que suscribió con el primer Borbón -Felipe V- la adhesión del Regimiento Kayser al servicio de la corona española. Las fichas rescatadas refieren la naturaleza y antecedentes familiares – padres y abuelos de los soldados – y una precisa descripción física (constitución, talla, rasgos faciales) que, a falta de elementos gráficos, permitían la identificación de estos infantes que tuvieron una notable participación en la Guerra de la Independencia y en la decisiva Batalla de Bailén. Durante la invasión francesa, las unidades helvéticas prestaban servicios en Málaga y, muchos de ellos, estaban perfectamente integrados en la vida española. El hallazgo fue más allá de una gacetilla en la prensa generalista, pese a que revela, como anticiparon cualificados historiadores, el primer y más grave contratiempo en la expansión napoleónica; y, aún más, el compromiso de los países europeos para evitar que las tropas imperiales controlaran el extremo meridional del continente y, con su asentamiento en Gibraltar, la navegación entre el Mediterráneo y el Océano Atlántico, camino de las ricas colonias americanas de España y Portugal. Entre aquellos personajes comunes, elevados a la historia por azar, figuran Pedro Imovitsch, “soltero y analfabeto, con veinticuatro años de edad, cabello rubio y nariz chata”.