X
Sin pelos en las teclas >

Los trinitarios – Por Cecilio Urgoiti

   

Las alternativas a los “trinitarios”, esos dueños de los dueños, los grandes fabricantes de armas, las mayores, si cabe, farmacéuticas, los bancos de los bancos, que no los bancos centrales y así hasta 33 que Rosa Montero cita en sus libros de ficción, pero con una enorme realidad y locuacidad, que se trasluce a cada párrafo de sus obras. Contra esos dueños del todo habrá que lucharles con la democracia participativa y real, sin las ataduras que encajona la dictadura democrática de los partidos nacidos tras la muerte del anterior autócrata. Esa democracia es la que hoy vive España pero también muchos países del entorno, y es fruto de la adaptación cómoda que se ha ido conformando tras la constante exigencia del capital.

Las pretensiones de unidad popular, que han ido surgiendo como alternativa política a las incesantes corruptelas, la desvirtuación de esa democracia que citamos anteriormente, es la base de muchas de esas podredumbres, que imperan en todos los ámbitos del Estado, desde la Casa Real hasta alguna pedanía perdida en el más escondido lugar. Para la pretendida garantía de éxito, el resultado de ese proceso de unidad ha de venir desde abajo, horizontal, donde la siglas sirvan de unión a un paradigma distinto, que en un primer momento puede ser coyuntural, pero que si tiene éxito actúe en elementos de unión imprescindibles. Por eso es tan importante que sean los movimientos sociales los que los impulsen, los que lleven la iniciativa, ya que cuando la propuesta surge de un partido político a la vieja usanza, sea el que sea, nace lastrado. En realidad, es hacerse trampas en el solitario, a decir de José del Valle Lavandera.

La construcción de unidad popular siempre ha sido muy difícil, evidentemente. Ha tenido muchas trabas en el camino. Muchos de los peldaños de esa escalera aparecen rotos, sin saber el porqué. Ese es el momento de remediar y cambiar lo que parece eterno e incambiable. Las discusiones bizantinas nos llevarán al desastre. Pero, ojo, nadie ha dicho que ser libres sea un camino de rosas. Para llegar a esa libertad hay que dejar mucha carga en el camino y nunca pensar en ser el líder, pues se suele caer en esa tentación, y casi nunca por aclamación. En esos momentos habría que actuar como nos recuerda Jacinto Benavente en La Malquerida: “Cuando no se piensa lo que se dice, es cuando dices lo que se piensa.”

Hay que llegar a la democracia participativa, porque en torno a este concepto, nuevo para los actuales tiempos, tienen que nuclear todos los proyectos políticos. Las claves, como su definición enuncia, están en la participación ciudadana: en primer lugar, en los asuntos del Ayuntamiento, e ir subiendo de forma exponencial hasta las mas altas instancias.

Es volver al “ágora” como fundamento y principio democrático y despojar del ropaje que la pseudodemocracia actual nos impone. Otro de los grandes peligros está en ese veneno que se inyecta en las masas, veneno de cambio que lleva a la sociedad a paralizarse, e incluso, preferir “el ruin conocido que el bueno por conocer”.

Con ese miedo, muy mediático, se pretende volver a un antiguo statu quo, que ha sido el hacedor del mal.