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Volver a los orígenes – Por Leopoldo Fernández

   

En entrevista con este periódico, el presidente Paulino Rivero declara que le “ronda por la cabeza” la idea de “volver a la escuela a dar clases”. No es muy común entre quienes ejercen altas responsabilidades de gobierno dejar la política -al menos la política de primera fila- y regresar con normalidad a sus ocupaciones privadas. Y sin embargo, se trata de una lección elemental de democracia, de un deseable y sano ejercicio de modestia y sencillez. Ser político no es una profesión sino un servicio que se presta temporalmente a la sociedad. Cuando se pone fin a ese compromiso, lo normal debería ser la vuelta a los orígenes, en este caso la relevante profesión de maestro. No sé si previo reciclaje, después de tantos años -desde 1979, nada menos- alejado de las aulas, o con la incorporación directa a alguna de las escuelas existentes en su pueblo, El Sauzal, donde tiene reservado destino. Éste sería perfectamente compatible con su militancia política, que el presidente asegura mantendrá en CC; una sabia decisión limitadora de las especulaciones sobre eventuales cambios de partido por resentimiento, desencanto o cosas por el estilo, tras haber sido rechazado como candidato nacionalista a la Presidencia del Gobierno. Pese a sus conocidas diferencias y enfrentamientos, Rivero es elegante con Soria, pero sigue empecinado con una moratoria turística desequilibrada y al considerar que la confrontación con el Gobierno central (petróleo, AENA, REF económico, etc.) otorga renta política; al contrario, no lleva a ninguna parte y perjudica a Canarias, como se ha visto durante la actual legislatura. Aun así, reconozco que Rivero ha mejorado la cohesión entre islas y rebajado el maldito pleitismo, así como su grave preocupación por la cuestión social (aunque no le avalen algunas estadísticas) y su lealtad al pacto con el PSOE, que no debió ser en cascada. Por lo demás, le ha tocado gestionar una etapa de gravísima crisis económica y paro que, no me cabe duda, le deja algunas amarguras y frustraciones en su propósito de hacer el bien y trabajar para el pueblo a fin de mejorar sus condiciones de vida, luchar por su felicidad y, además y sobre todo, abanderar las causas sociales más justas, especialmente las que afectan a los que menos tienen.