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Aquel frasco de perfume – Por Juan Pedro Rivero

No era barato. Mucho había que ahorrar para hacerse con un frasco como aquel. Un exceso, sin duda, lo que aquella mujer derramó sobre su cabeza en aquella tarde de encuentro y de amigos. El pórtico de la Semana Santa fue sin duda aquel gesto de derroche y de exceso. Un anticipo a un cuerpo embalsamado como despedida de un amor femenino que dio testimonio de los excesos que provoca el encuentro con una mirada misericordiosa. Y una promesa de Jesús: “Donde quiera que se proclame el Evangelio se hablará de esta mujer”, y el pasado domingo lo recordamos en la lectura de la Pasión del evangelio de Marcos. Un gesto que supo agradecer, por su ternura y verdad, Jesús. ¿Qué importancia tuvo aquel gesto y por qué el recuerdo del mismo? Seguro que muchos han supuesto motivos más profundos y explicaciones exegéticas más fundamentadas. Pero me atrevo a vincular su significado a las primeras palabras que el papa Francisco nos dirigió hace dos años, casi al inicio de su pontificado. Nos decía que no le tuviéramos miedo a la ternura y a la bondad. Y si algo llama la atención de aquel gesto fue la ternura que encerraba. Un trato tierno y cercano a la humana condición del Hijo de Dios que, siendo inocente, por nosotros y por nuestra salvación, saboreó el gusto de la maldad perversa del corazón que no encuentra nada bueno en la vida de las personas, hartos de autosuficiente referencialidad narcisista. Hay muchas maneras de confesar públicamente el agradecimiento a Dios. Y aquel gesto lo fue. Un agradecimiento por haber experimentado una mirada respetuosa y significante, una oportunidad para transformar la vida al sembrar una confianza buena en las posibilidades que se esconden detrás de una vida marginal y pecadora. Alguien le tomó la mano y la levantó de la postración, la reedificó, la reconstruyó… Y ella, lo puso todo, cuanto tenía y era, en el valor de aquel frasco de perfume que irradió toda la casa en la que estaban haciendo desaparecer el hedor de la sospecha, la murmuración y la crítica que, a la postre, serían los detonadores de una condena. No fue un gesto práctico. No fue un gesto que respondiera a una programación reflexiva. Podían haberse utilizado aquellos 300 denarios para fines altruistas y sociocaritativos. Pero la ternura desprogramada de aquel exceso fue la respuesta de otro exceso redentor que aquella mujer barruntó. No lo duden, aún sigue oliendo aquel perfume.
@juanpedrorivero