la última de calero>

La dignidad de los parados – Por Juan Luis Calero

El parado hoy es un individuo sin pasado, sin méritos aparentes, un extraño donde quiera que vaya, alguien herido por el olvido, que vive en el límite con una ayuda marcada por una fecha de caducidad que apunta hacia la incertidumbre. Y a partir de esa fecha se dibuja un inestable panorama que pone a prueba las capacidades de cada cual para salir adelante, para no dejarse abatir por la apatía y por las miradas escrutadoras que hacen tambalear la dignidad de aquella persona que ha cometido un delito no tipificado: quedarse sin trabajo. Vemos, por tanto, una democratización del desempleo y también de una pobreza que se repliega sin ser vista hacia entornos familiares en busca de la subsistencia, en un momento en el que la familia extensa decae y convive con otros modelos de familia. Esta visión de conjunto de nuevas formas de pobreza la expone Ulrich Beck en La sociedad del riesgo con escalofriante claridad, una pobreza que “sin embargo (girada a lo privado) permanece oculta”. Las mujeres, muchas de ellas con niños y divorciadas, son señaladas como primeras víctimas de esta nueva pobreza nacida del desempleo.
Este concepto de pobreza afecta de una forma frontal a aquellas personas que nunca han conocido la carencia de recursos porque, al no estar entrenadas en los malos tiempos, caen en picado en un desánimo que recorre todos los rincones de la vida. Esta situación se tiene como algo pasajero, que no puede durar mucho. “En conformidad con ello, la nueva pobreza se oculta tras las cuatro paredes propias, permanece escondida activamente en el carácter que aquí tiene el acontecimiento. No está claro qué es peor: ser descubierto o no ser descubierto, tener que recibir ayuda o carecer de ella por algún tiempo más. Las cifras están ahí. Pero no se sabe dónde está la gente. “Hay pistas: el teléfono dado de baja o el sorprendente abandono del club”, apunta Beck. El desempleo alcanza cifras que sobrepasan los 6.000.000 de parados en España, una realidad que se ha incorporado al curso normal de las cosas, “bajo la alfombra de la normalidad”. Esta “bomba olvidada” permanece instalada en los cimientos del sistema sin que sepamos cuándo y en qué circunstancias va a estallar sin control. La democratización del desempleo masivo genera un reparto igualitario de la carencia en diferentes estratos sociales, que lleva a la igualación de las vidas y dan ocasión a los políticos a lanzar alegres cifras de próxima ocupación, que no hacen más que insultar a quienes están en paro. Al desempleo masivo se ven condenados franjas pobladas por madres trabajadoras, personas sin formación profesional, enfermos, personas mayores y extranjeros, así como jóvenes poco cualificados, que viven en el silencio de las estadísticas. Y encima tienen que soportar un maltrato del que no se habla, maltrato por parte de empresarios despiadados que ven a los trabajadores despedidos como seres carentes de dignidad, a los que se les puede ningunear justo en ese momento en el que el trabajador sufre una especie de muerte simbólica, que es la que se produce cuando no se tienen los medios mínimos para ganarse el plato de comida. Este maltrato lo he palpado en primera persona por quienes se ven instalados en un puesto de privilegio que creen eterno. Por eso hay que afinar la vista para ver de qué manera se expulsa a las personas de los trabajos y si es una triste realidad, o no,que los llamados compañeros aplauden la situación del que se va. Cada vez más desempleo y cada vez más pobreza. Para decirlo -dice Beck- con la imagen de Schumpeter, “el autobús del desempleo masivo está ocupado por un grupo habitual de parados que ha cristalizado al quedarse sentados. Por lo demás, reina un ir y venir general… Para los implicados en la percepción inmediata se trata de una multitud heterogénea de casos individuales que están sentados juntos fugazmente y que esperan a bajar”. Y en este encuentro en el metro del mercado laboral los individuos coinciden en la perplejidad en un modo de vida marcado como “zona gris del ir y venir”. Las biografías son atomizadas, taladras y fragmentadas en una desolación que desemboca en una existencia nómada, en la que el fracaso del sistema toma nombre de fracaso personal, en una jungla de estadísticas que no da una explicación al trato indigno a los parados y donde los casos no son personas sino un océano de cifras que nadie sabe interpretar.