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Guido Gozzano – Por Luis Ortega

Siempre apostado en la sorpresa, Pepe Dámaso dejó un sutil epílogo a la presentación de su Travesía desde San Borondón; un hito romántico para añadir a la estela de la geografía más hermosa, deseada y esquiva. En un instante, los trípticos sobre arpillera, aliviados de materia y cargados de magia, los delicados collages, que incorporan rasgos y gamas encontradas a la intención central, los dibujos de creyón y los acrílicos, la jerarquía de la pintura que establece en esta hora, se encendieron y, en la incandescencia que precede al espejismo, hicieron carne las soberbias estrofas que Guido Gozzano (1833-1916) dedicó a la isola piu bella, “esa que el Rey de España consigue de su primo el Rey de Portugal, con firma rubricada y Bula Pontificia en gótico latín”. Hasta ese punto, el acto había discurrido entre el auto de fe y el happening, las declaraciones de principios y las asambleas universitarias; porque todas expresiones bienintencionadas son muestras expresivas del reconocimiento y el afecto que suscita ese incansable creador, ese impenitente instigador de las conciencias y los gustos; después, cuando desgranó, con meditadas pausas y astutos silencios, el racimo de palabras y metáforas del poeta turinés, el fantasma del fraile viajero cabalgó sobre los versos del más brillante escritor del Gruppo de los crepuscolaris que, alineados con Arturo Graf, transitaron entre el pesimismo leopardiano y el socialismo teórico.

Gozzano dejó una obra personalísima, donde la inspiración buscó las nobles fuentes de Dante y de Petrarca, la ampulosidad decimonónica se moduló y la tristeza medular se aligeró con una ternura limpia y sin concesiones sensibleras. El cántico de la Isla No Encontrada llegó, desde los sesenta y ocho kilómetros que median entre Agaete y Santa Cruz, como una epístola entrañable de José Antonio García Álamo, alcalde que fue de esa villa y restaurador, con otros intelectuales entrañables, de su estirpe literaria y plástica. Cuantos hemos escrutado las pistas del abad navegante en el saco de la épica medieval -desde Eloy Benito en adelante- debemos alegrarnos por esta aportación ilustre para una leyenda europea que compartió protagonismo con las andanzas del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda, con Merlín y Fata Morgana y que aquí, en el cuadrante atlántico donde se localizó el Reino de la Fortuna, tiene carta de naturaleza y elíptico escenario. Buena tarde de lunes, con la mixtura de Dámaso, Gozzano y la tierra que completa en el sueño nuestras carencias reales en una felicísima interpretación plástica.