En la frontera>

El legado de Adolfo Suárez – Por Jaime Rodríguez-Arana*

Estos días se cumple el primer aniversario del fallecimiento de Adolfo Suárez y todavía recordamos la espontánea reacción del pueblo llano ante su féretro, así como tantos comentarios de gente normal valorando su personalidad y su tarea política. Ciertamente, la presencia masiva de ciudadanos de a pie en la capilla ardiente instalada en la sede de la soberanía popular, un año después ayuda a comprender, por contraste, la necesidad de que la actividad política sea ejercida por personas de su talante y compromiso cívico.

Suárez, como es sabido, confirmó con su forma abierta, plural, dinámica y complementaria de ejercer el poder la existencia de un nuevo espacio político, el centro, que tantos en este momento echamos de menos en la vida política española. Un espacio político presidido por la mentalidad abierta, por el compromiso efectivo con el pueblo y, fundamentalmente, por buscar el entendimiento como metodología para la resolución de los problemas colectivos sin olvidar la relevancia de la realidad y la fuerza de la razón.

La apertura, la capacidad receptiva, el diálogo, como actitudes básicas en la acción política, son condiciones imprescindibles para que quienes tienen a su cargo la rectoría de los asuntos del interés general puedan realizar la función de síntesis de los intereses y aspiraciones de la sociedad que la ciudadanía espera de la política. Tal síntesis no es un proceso mecánico ni un proceso determinado por la historia, sino que se trata de un proceso creativo, de creatividad política, un proceso que Adolfo Suárez supo entender y aplicar teniendo bien presente el deseo de cambio general que existía en esos años de la transición en la sociedad española. Fueron años en los que le tocó dirigir el timón del Estado, en los que cundió la apertura y el diálogo presididos, por supuesto, por el respeto a la dignidad del ser humano y orientados a la mejora permanente e integral de las condiciones de vida de los ciudadanos. Además, todos lo sabemos bien, España tuvo la gran fortuna de que los actores de esa gran sinfonía que fue la transición interpretaron una música armónica, generosa, integradora, pensando en el pueblo, en diseñar un sistema político que pudiera ser un verdadero gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Obviamente, nuestra transición, que es ejemplo por algo de objeto de estudio y análisis en todo el mundo, tuvo sus luces y sus sombras pero facilitó la llegada de la democracia a España.

En mi opinión, el gran legado político de Suárez fue precisamente el alumbramiento del espacio del centro político en España. Un espacio tantas veces incomprendido que suele confundirse, por el predominio del pensamiento ideológico, con la indefinición, la relatividad o la falta de principios. Sin embargo, el espacio de centro existe como tal, tiene personalidad propia y admite una caracterización sustancial que lo distingue de otras latitudes políticas por disponer de criterios vertebradores que permiten afirmar que efectivamente el centro es una forma propia y autónoma de hacer y estar en política.

Mentalidad abierta, metodología del entendimiento, sensibilidad social y compromiso con la realidad y la racionalidad desde y para la dignidad del ser humano constituyen algunas de las características más relevantes de este espacio político.

En primer lugar, una mentalidad abierta a la realidad y a la experiencia que nos anima a adoptar aquella actitud socrática de reconocer la propia ignorancia, la limitación de nuestro conocimiento como la sabiduría propia humana, lejos de todo dogmatismo. Adolfo Suárez no tenía prejuicios ni aprioris, y menos doctrinas prefabricadas para la acción política. Una acción política que él, con sus colaboradores, construía desde la realidad, en la que encontraba el sustrato ético preciso para que las decisiones fueran a favor del pueblo en la medida de lo posible.
En segundo término, una actitud dialogante que le permitía captar la realidad no en díadas, tríadas, opuestas o excluyentes, sino asumiendo, de acuerdo con aquel dicho del filósofo antiguo, que, en el ámbito humano y natural, todo está en todo. Es decir, percatándose de que en la búsqueda de la pobre porción de certezas que por nuestra cuenta podamos alcanzar, necesitamos el concurso de quienes nos rodean, de aquellos con los que convivimos. De todos podemos aprender cosas nuevas y en todos los lugares hay cosas buenas.

En tercer lugar, una disposición de comprensión, apertura y respeto absoluto a la persona, consecuencia de la convicción profunda de que sobre los derechos humanos debe asentarse toda la acción política en democracia.
Finalmente, ese espacio de centro está en la realidad, de ella surge y a su mejora contribuye. No procede de modelos teóricos que se pretenden imponer unilateralmente sobre la misma realidad. Realidad y, por supuesto, racionalidad, porque desde el espacio de centro se razona, se argumenta, se atiende a los criterios de los otros y, sobre todo, se trabaja y se buscan las soluciones a partir de la centralidad de la dignidad humana.

Un año después de su fallecimiento, el legado político de Adolfo Suárez, adaptado a los nuevos tiempos, sigue de palpitante y rabiosa actualidad. Precisamos de mentalidad abierta, de entendimiento y de sensibilidad, no como tácticas o estrategias sin más, sino como ejercicio concreto de los más elevados cánones de la democracia y del arte de la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos.

*catedrático de derecho administrativo y autor del libro El espacio de centro, prologado por Adolfo Suárez