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Manoel de Oliveira – Por Luis Ortega

La muerte, a la que relacionó siempre con el aburrimiento, le hizo trampa y, en un descuido entre afanes y sueños, se lo llevó. Le conocí en una casa de fados del Barrio Alto, cuando Portugal estrenaba la ilusión democrática y con el recuerdo fresco de Benilde, un drama tan rudo y verosímil como el escenario del Alentejo, sobre la virginidad, el honor y el cristianismo rancio que acude con facilidad al recurso y al comodín del milagro. Me lo presentó un colega, corresponsal en Lisboa y cicerone ideal en los ámbitos político y cultural de un país que había perdido el miedo histórico y, sin erradicarla, sacudido la saudade. Cuatro décadas después, repaso obituarios y reportajes sobre Manoel de Oliveira (1908-2015) y observo, con admiración y hasta envidia, que aquel vigor cordial que me sorprendió entonces le acompañó hasta la pausa última, “el descanso en el rodaje” que decía. Debutó como actor en Os lobos, con apenas quince años y cuando había decidido que “estudiar no era lo suyo”; participó en las primeras películas sonoras y, delante y detrás de la cámara, con documentales o historias inventadas

-fábulas como gustaba llamarlas- y largos, cortos y mediometrajes, sumó más de sesenta títulos hasta la primavera de 2014, cuando firmó O velho do Restelo, con sus intérpretes fetiches Ricardo Trêpa y Luis Miguel Cintra. Sólo hubo un paréntesis en su carrera -entre 1942 y 1956- y se relacionó con el fracaso económico de Aniki Bobó, sobre una pandilla callejera de su Oporto vital, que le llevó a refugiarse en los prósperos negocios familiares. Regresó con renovadas energías y con unas convicciones éticas y estéticas que caracterizarían todas sus producciones; un discurso moral de fondo, fuera cual fuera el envoltorio -“la gente acude al cine a ver historias y no trucos ni efectos ópticos”- y narrado con encuadres adecuados, mínimos movimientos -“lo que se tiene que mover es lo que está ante la cámara”- y planos fijos, largos, en el camino de la mayor y mejor comprensión. En los años setenta, la temible Pide -policía política de la dictadura de Salazar- le tuvo en el punto de mira por las fusiones de ficción y realidad con las que mostró su compromiso con la libertad y, tras la Revolución de los Claveles, se concentró en las tramas novelescas, con textos adaptados con exquisito respeto y sensibilidad. Oliveira hizo más por la difusión de la literatura portuguesa que muchos escritores y, además, dejó un cine de rango internacional e irrenunciable denominación de origen.