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Matthew E. White, y volvió la música – Por David Sanz

Hacía tiempo que no me pasaba algo parecido. Descubrir por casualidad un sonido diferente; una voz que te pone los pelos de punta; un ritmo que te hace mover los pies mientras trabajas aporreando el ordenador. Llevaba años que no me ocurría empastar con un músico de este modo, como un amor a primera vista, y sentir esos escalofríos adolescentes y dementes por unos acordes. Atrás quedaron los tiempos donde esa experiencia sucedía después de horas rebuscando en las cajas de la desaparecida casa de discos Manzana o en aquel pequeño palacete de la música que era Escorpio, en el que podías encontrar un punto de emoción en la vida o, al menos, llevarte unas perritas de conversación a casa. Más tarde siguió esa búsqueda en las plataformas virtuales, donde la facilidad de acceso fue inversamente proporcional a los hallazgos dignos de mención. Pero llegó un momento en que ya nada nuevo producía esa sensación y había que recurrir a lo de siempre. Musicalmente estaba empantanado y había tirado la toalla, resignado a rebobinar continuamente la memoria musical, en un viaje de ida y vuelta, que siempre terminaba en el mismo punto. Debe ser que uno se va haciendo viejo y la piel se endurece para sentir nuevas emociones. Pero todo esto cambió cuando le di al play a un vídeo en YouTube de Matthew E. White. Big love, se llama el tema. Seguramente muchos ya conocían a este cantante de Virginia, al que he llegado unos años tarde debido seguramente a mi grado de oxidación musical y a que hablamos poco de música cuando ya apenas compramos discos. Solo conozco a una persona que mantiene esa entrañable costumbre. Es un caballero hasta para mantenerse fiel a este sagrado hábito, que tantos abandonamos para echarnos en las garras de la comodidad virtual.

De hecho, José Amaro Carrillo todas las navidades me regala un disco de Bill Evans. Yo, a él, un libro de cine. Son los ritos quienes nos definen. Espero que nunca se acaben las versiones del gran pianista de jazz. Lo aguardo con tanta ilusión como su amistad. Volviendo a White, enseguida empecé a escuchar todo lo que pude de su música y confirmó la primera corazonada. Una voz preñada de autenticidad, con una variación de sonidos que escrutan lo mejor del jazz, el soul o el folk. Con este cantante me pasa como con las novelas de Faulkner, que me lo creo. Quizá sea la procedencia sureña de ambos, la que los vincula en este imaginario. Llevado por la emoción y por ese afán exhibicionista con la proliferación de las redes sociales, subí el enlace del tema Big love a mi página de Facebook. Para mi sorpresa, pasados los días, no se produjo la revolución de “me gusta” que ocurre cada vez que comparto una foto de mi gata Luna caminando sobre el escritorio o del penúltimo paseo por Fuencaliente. Solo había un “me gusta”. El de mi buen amigo José Amaro. Suficiente para saber que había acertado.