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Prevalecerá la continuidad – Por David Sanz

Ya están casi todas la s piezas colocadas sobre el damero electoral de La Palma para las próximas elecciones del mes de mayo y, más o menos, la cosa ha quedado muy parecida a lo que teníamos hasta ahora. Los peones continúan estando en la primera fila para pegar carteles; los caballos, pendientes solo del conocido “qué hay de lo mío”, están listos para saltar al Gobierno, quien lo consiga, sin exponer su cara en un cartel electoral; las torres, inexpugnables, aguantan silenciosas en una esquina para que nadie las mueva (aunque algún enroque notable se ha producido, pero no con el rey sino con la reina); los valientes alfiles que se han lanzado contra sus rivales políticos han salido más bien escaldados, y el rey sigue siendo el rey, como en la canción de José Alfredo Jiménez. En La Palma, el efecto previsto en otros territorios de las llamadas fuerzas políticas emergentes no va a ser tan fuerte, especialmente en el caso de Podemos. El vendaval político de la formación de Pablo Iglesias, en la Isla Bonita no va a pasar de una ligera brisa impulsada fundamentalmente por la marca. Algo más de pegada tendrá Ciudadanos, que llega con un perfil más ajustado a la realidad del electorado insular y en pleno auge de expectativas, que puede arañar votos en el espacio de centro – derecha. Además está la tradicional “teoría de la ola”, que sostiene que los efectos políticos que ocurren en el ámbito estatal, llegan a la Isla cuatro años más tarde. Esta hipótesis es la que alimenta, sobre todo, la expectativa de que el Partido Popular no sufra el descalabro que se prevé que experimente esta formación en el resto del Estado por las políticas del Gobierno de Mariano Rajoy y mantenga el tipo en las elecciones de mayo (probablemente sea la única isla en la que puedan presumir de este logro). Pero con ola o sin ola, lo que parece más evidente es que va a predominar la continuidad, en el sentido de que los resultados electorales no van a sufrir grandes cambios en relación a las pasadas elecciones locales, salvo quizá algún intercambio de cartas. Los actores políticos son casi todos los mismos, la población tampoco ha sufrido cambios considerables porque la realidad socioeconómica no ha variado sustancialmente, mientras que las nueva incorporaciones no parecen decisivas a la hora de formar mayorías. Ni siquiera Nueva Canarias, que parece que no termina de cuajar como proyecto político nacionalista alternativo a Coalición Canaria en las islas occidentales. Todo esto dibuja un panorama político complejo, porque no habrán mayorías absolutas y como la ingeniería de pactos se aventura muy compleja, en La Palma va a gobernar el que consiga un voto más. Al menos hasta que se celebren las elecciones generales y el horizonte de la legislatura se termine de clarificar. Lo bueno de esta circunstancia es que va a obligar a los políticos a desentumecer el músculo del diálogo y la negociación, que ha permanecido dormido secularmente. Lo peor es que pueda haber algunas instituciones ingobernables, en una isla que necesita una buena dosis de acción política.