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Rajoy, el previsible, ante su discurso más importante – Por Fernando Jáuregui

Mariano Rajoy, que se dice previsible, es, sin embargo, un hombre enigmático. Nadie sabe con certeza, me parece, por dónde va a salir cuando, este martes, dé el pistoletazo de salida a un período político abrumadoramente cargado de acontecimientos, que no consistirán solo en convocatorias electorales. Pero tiene que salir por algún lado: le cercan las encuestas, que indican inequívocamente un peligroso descenso del Partido Popular y un no menos peligroso (para el PP) ascenso de la emergente Ciudadanos, identificable ideológicamente con el PP más evolucionado (y con el PSOE más moderado), es decir, con el centro. Con ese centro que quiso ocupar Rajoy y del que le quieren desalojar algunos de los suyos, que dicen que no se puede seguir perdiendo espacio por la derecha.

Porque hay una brecha en el PP que no está originada solamente por los codazos para situarse cerca del poder, es decir, de no otro que Mariano Rajoy: también tiene connotaciones tácticas, estratégicas e incluso ideológicas. Ahí está la figura de Esperanza Aguirre para demostrarlo. La candidata del PP a la alcaldía de Madrid acapara tensiones, atenciones y polémicas no solamente a nivel madrileño, claro. Si su peculiar trayectoria y su estilo déjà vu se imponen en las elecciones de mayo, a Rajoy le habrá salido una alternativa por la derecha a lo Chirac. Y si la ambición política de la lideresa madrileña propició su retorno a la candidatura del Ayuntamiento tras haber abandonado, sin explicaciones suficientes, la presidencia de la Comunidad de Madrid, ¿por qué no podría esta ambición extenderse a La Moncloa, se preguntan, precisamente, en La Moncloa, donde colocaron a dedo a Aguirre, pero la aborrecen con fervor? Dice Aguirre que vuelve porque “el PP no vive su mejor momento”. ¿No es eso una crítica dirigida a las alturas del partido, es decir, dirigida a la secretaria general, a esa sumida en la polémica María Dolores de Cospedal, y al propio presidente del partido? Este ha sido, sin duda, uno de los temas de meditación de Rajoy en su retiro breve, pero sin duda intenso en reflexiones, en el coto de Doñana, del que ha regresado para enfrentarse a una semana muy importante para su carrera.

Una semana que comienza este martes, con la reunión de centenares de dirigentes populares en una Junta directiva nacional que no se convocaba desde hacía dos años, nada menos. Me dicen que Rajoy nada ha querido saber estos días de llamadas telefónicas de los suyos, ni de las informaciones periodísticas que insistían en las querellas intestinas en el seno del partido y del Gobierno al que sustenta el partido. Pero estas querellas, de las que los periodistas venimos hablando desde hace meses, existen, y no son una serpiente de semana santa. Aunque, eso sí, la disciplina sigue imperando en el no demasiado transparente PP, y la junta de este martes cerrará oficialmente filas, y hasta puede que tengamos la fotografía de Cospedal y su vicesecretario general, el incombustible Javier Arenas, dedicándose una sonrisa mutua para la galería; una imagen que difícilmente veremos, en cambio, con la propia Cospedal y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría como protagonistas.

Luego están, como decía, las encuestas. Crueles con la popularidad de Rajoy. Y con el PP, aunque algunas presenten a este partido como ganador al menos en votos, aunque insuficientes, en Madrid. No basta con los brotes primaverales de recuperación económica. Habrá que pactar con Ciudadanos, que este martes disputará los titulares al PP presentando la segunda parte de su programa económico: es la hora de los economistas que vienen de Harvard o de la London School. Es patente el giro, en apenas dos semanas, en el PP respecto de Ciudadanos: de las descalificaciones más burdas, incluyendo que son catalanes, se ha pasado a considerarlos como futuros aliados. Ya veremos a ver qué dice el fustigador Albert Rivera sobre los flecos de los casos Bárcenas o Gürtel, que también angustian no poco, dicen, al aparentemente imperturbable Rajoy. Aparentemente. Porque son docenas las tormentas que llegan a las playas, nunca del todo tranquilas, del político pontevedrés. Tiene que solucionar rápidamente las crisis internas, enfrentarse a unas elecciones tan importantes como las autonómicas y locales del próximo 24 de mayo, donde el PP perderá poder local, pero seguramente salvará los muebles. Y luego, aguardan, pero sin tolerar muchos aplazamientos, cuestiones tan decisivas como los intentos de desmembración del Estado: ahí están el aberri eguna de este domingo y, sobre todo, la absurda, pero real, hoja de ruta de los independentistas catalanes.

Es decir, el discurso de Rajoy abriendo el que ya digo que es un importantísimo curso político no puede agotarse en el ombliguismo del PP. Ni en si va o no a cambiar caras de ministros y de responsables de su partido, temas que, desde luego, soslayará en su discurso, que acapara las expectativas de propios y extraños. Ni siquiera se puede concluir este parlamento en si admite o no futuras alianzas, con Ciudadanos o con el propio PSOE de Pedro Sánchez, que también tiene ante sí una galopada decisiva para su porvenir político.

Va siendo hora de que Mariano Rajoy marque su propia hoja de ruta política y hasta vital: sobre todo, qué va a hacer con la cuestión catalana, de cuya buena o mala resolución dependerá, sin duda, el triunfo o el fracaso del inquilino de La Moncloa para poder seguir en el palacio presidencial.

Sí, Rajoy depende mucho más de que Artur Mas sufra un descalabro en sus planes conjuntos con Oriol Junqueras que de que la economía vaya mejor o peor. Pero el presidente se empeña en no hablar de sus planes para combatir el independentismo catalán y en aburrirnos, en cambio, con lo bien que va la economía. Así que me temo, y ojala me equivoque, que no podemos esperar mucho de este discurso cuya redacción parece que ha estado ultimando Rajoy en el paraíso de Doñana: estamos necesitando novedades y quizá obtengamos solamente obviedades.