nombre y apellido>

Ricardo de Plantagenet – Por Luis Ortega

Tercero de su nombre y último de la dinastía de los Plantagenet, iniciada por el Duque de Anjou como Enrique II y reinante en Inglaterra entre 1154 y 1485, el tirano cuya sed de poder y vicios oscuros inmortalizó William Shakespeare, recibió al fin digna sepultura. Localizados sus restos después de cinco siglos, bajo un parking -donde radicó el convento al que se trasladó su maltrecho cadáver desde el campo de batalla de Bosworth Field- e identificados por documentos históricos y pruebas de ADN, los análisis forenses determinaron la existencia de nueve heridas, algunas mortales de necesidad y otras realizadas con propósitos vejatorios después de su fallecimiento. Sus despojos fueron paseados, en un sobrio ataúd de madera y con los símbolos reales, en loor de multitudes por el centro urbano; y tras un duelo de cuatro días y numerosos servicios religiosos, oficiados por obispos de las iglesias católica y anglicana, fueron inhumados en un severo sepulcro de mármol blanco en la catedral de Leicester que, desde el 26 de marzo de 2015, ha recibido miles de visitas. En esa fecha se fijó la reivindicación de la memoria del torvo monarca, jorobado e intrigante, “leve de cuerpo y débil de fuerza”, según el historiador y coetáneo John Rous, cuya derrota puso fin a la llamada Guerra de las Dos Rosas que durante una década castigó el país y supuso el relevo de la Casa de York por la de Tudor. El solemne ceremonial revela claramente los sentimientos monárquicos de un pueblo que, hasta en los momentos y circunstancias más adversas, defendió la institución y antepuso los posibles, y hasta dudosos, valores de los soberanos a sus defectos amplia y seriamente probados. Retratado con magistral pulso por el dramaturgo inglés, Ricardo III (1452-1485) fue el prototipo de sátrapa que, sin freno ni escrúpulo alguno, ostentó la corona, eliminó sin piedad a todos los que intentaron interponerse en su camino y, en el trance de perder la vida, acosado por el miedo, ofreció su reino, tan aviesamente conseguido, a cambio de un caballo que lo alejara del peligro. Llevada al cine en 1955 por Sir Laurence Olivier, que compartió reparto con Cedric Hardwicke y Ralph Richardson, la crueldad proverbial del personaje -enfatizada por el inteligente director- no ha impedido, medio milenio después y a partir del hallazgo casual de su esqueleto, estos actos de homenaje impensables en otras latitudes fuera del Reino Unido.