Señora de Pérez

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POR ANA MARTÍN

Andaba yo recordando estos días a una conocida de mi madre que cuando iba, no sé, a la tintorería, al médico o al ayuntamiento se hacía llamar señora de Pérez, con la consiguiente indignación de mi progenitora, a la que amén de presuntuoso y ridículo, el tema le parecía absurdo. Porque, además, la señora tenía un apellido propio de lo mas original y bonito, si es que un apellido puede serlo. Pero prefería dejar claro a sí misma y al mundo que ella no era una mujer común, sino la señora de un señor (Pérez, para más señas).

A mí siempre me hizo gracia este enfado materno que, por otra parte, era de lo más coherente con la educación reinante en mi casa. Nunca oí decir a mi madre: “mi marido” refiriéndose a mi padre entre gente conocida. Siempre lo citaba por su nombre porque, como ella argumentaba, “no tengo necesidad de reafirmar nada, la gente ya sabe que estamos juntos y, además, es una horterada”. Y punto.

Así que sucede que crecí y que me reconozco, a mi pesar, más tradicional que mi madre en muchos aspectos. Por ejemplo, yo a mi marido, cuando sea mi marido, lo pienso llamar marido por doquier. Porque me habrá costado lo mío convencerlo para que lleguemos a casarnos y la tierra, compañeras, es de quien la trabaja.

Pero en lo tocante a adquirir los apellidos del santo que a una le toque en gracia o desgracia, estoy con mi madre: Es una horterada y un rasgo de absoluta falta de personalidad. Tenemos la enorme suerte de que, a diferencia de lo que sucede en otros muchos países, en este las mujeres casadas conservan sus apellidos.

Una suerte que no ha tenido Amal Ramzi Alamuddin.

Alamuddin, para todos aquellos lectores que tengan una vida propia y no se dediquen a husmear, como yo, en las ajenas, es la mujer de George Clooney. Y es, antes que eso y por encima de eso, una prestigiosa abogada británica nacida en el Líbano, formada en Oxford, que ha trabajado como analista para las Naciones Unidas, además de haber sido consultora en las crisis de varios países. Una top en lo suyo. Especializada en derecho internacional, derechos humanos, extradición y ley criminal, políglota y reconocidísima en la profesión, ha defendido al mismísimo Julian Assange o la ex ministra de Ucrania, Yulia Timoshenko y ha sido asistente del juez que sentó en el banquillo en el tribunal de La Haya al expresidente serbio Slobodan Milosevic por crímenes contra la humanidad.
Pues bien, esta enorme profesional, desde el pasado mes de septiembre se ha convertido, de golpe, en “la mujer de George Clooney”. Aún peor, ahora es “Amal Clooney”. Casarse con el tipo más adultescente y fóbico al compromiso del planeta ha hecho que, para la prensa internacional, hayan desaparecido de un plumazo su identidad, su currículo y su sonoro apellido libanés.

No sé si la señora Clooney lee todo lo que se publica sobre ella, pero no me la imagino feliz, ni satisfecha, con esta situación. (Con el resto de situaciones deseo fervientemente que sí lo esté). Hace un tiempo que viene sonando con fuerza el rumor de que Amal quiere divorciarse, porque ha descubierto que su señor no era el señor que ella esperaba. Así que, tal vez, cuando este artículo se publique, Amal haya dejado de ser una simple y corriente señora de Pérez. Bravo por ella.