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Al Sisi… sí – Por Rafael Muñoz Abad

El bloqueo del Canal de Suez desvió el tráfico de crudo del Golfo Pérsico a la meridional ruta del Cabo de Buena Esperanza. Los puertos de Ciudad de El Cabo y Las Palmas florecieron y los consignatarios de buques ganaron rands y pesetas a raudales. El viaje se alargó en semanas y con ello se disparó el barril de crudo. La delicada relación entre el tonelaje de la flota mundial y el incremento temporal de la navegación proyectó el precio de los fletes y la economía se gripó. La solución fue construir petroleros pantagruélicos que volvieran rentable, por su capacidad, el aumento del tiempo en la mar.

No seamos falsos; nos importa poco que la democracia triunfe o no en Egipto. Para portada de TIME ya tenemos a Túnez la liberal, a la que apenas le hacemos caso pues ni petróleo ni canal tiene; sólo universitarios.

Egipto es un estado bisagra entre occidente y Oriente medio. Un alfil cuyo valor estratégico requiere de mil artimañas diplomáticas para mantenerlo estable. Astucias visibles pero la mayoría cocinadas bajo las enaguas de la comedia política. Y es que las consecuencias de otro cierre de Suez para la economía mundial, ya de por si debilitada, serian catastróficas. Tras el fin de la era Mubarak -el último faraón-, Egipto entró en convulsión social. El triunfo en las urnas, guste o no, de los Hermanos musulmanes, encendió las alarmas en Langley y un gobierno militar y el ejército en la calle era lo mejor que a occidente le podía suceder hasta que otro títere fuera del agrado del eje Washington-Tel-Aviv.

La reapertura del canal (1975) relegó al desguace a muchos de esos buques, pues sus panzas no entraban en las finas caderas de Suez. La re-nasserización o una islamización de la vida social egipcia vienen a representar alguna de las peores pesadillas de la economía global. Es meridiano que la pompa con la que se recibe a Al Sisi, llegado al poder tras un golpe de estado derrocando a Morsi y el islamismo, nos demuestra que para occidente aún hay dictadores necesarios; quedándome claro con ello que el viejo juego del maestro Kissinger y las felaciones diplomáticas apenas ha variado desde la primera Guerra fría.

Centro de estudios africanos de la Universidad de la laguna
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