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Ana Romero – Por Luis Ortega

La curiosidad se tornó en la avidez con la que emprendía las lecturas juveniles y, como entonces, me vi en un domingo de mayo con Final de partida (La Esfera de los Libros, 2015) sobre la mesa y equívocas sensaciones de frustración y hastío que, por primera vez en un lustro, me hicieron añorar el pitillo tras el café cargado. En trescientas y tantas páginas, en cuerpo redondo y a doble espacio, Ana Romero metió el tenso y oscuro cuatrienio que precedió a la abdicación de Juan Carlos I, cuyo largo reinado -el sexto en la historia de España- se puede analizar, al fin, con la objetividad precisa. Para ello tuvo que caer el manto protector que tapó a la institución, contra la voluntad de quienes lo sostenían -la práctica totalidad de los medios de comunicación y la mayoría ciudadana- por los errores del rey emérito, agravados últimamente y agrandados por la terrible crisis, la falta de ejemplaridad de sus familiares directos (los duques de Palma acusados de graves delitos económicos) y la soberbia, un defecto que superó la aureola campechana del monarca, y que apareció también, en el peor momento y con los peores modos, en su hija Cristina y su yerno Urdangarin. Abierta la veda, la periodista que, en los últimos años informó sobre la actualidad de la Casa Real para El Mundo, unió a su experiencia directa la opinión cualificada de sus numerosos contactos, sin nombres y amparados en las comillas, y de sus complejas relaciones con el aparato de La Zarzuela, de Rafael Spottorno para abajo, para componer un relato admirable, tanto por la valentía sin acritud como por la aseada prosa, libre de sentimientos personales y profesionalmente respetuosa. El éxito de ventas y la profusión documental del texto de Romero dará para nuevas columnas; pero, leído de un tirón, el carácter y actitudes de los personajes opacaron su rango institucional y desnudaron a un matrimonio que, después de medio siglo de convivencia, queman su hastío en la ignorancia mutua; a una familia que se mueve entre la inevitable vulgaridad que asola las buenas formas y los egoísmos campantes, y consentidos, donde todo el monte fue orégano, hasta que dejó de serlo. Me quedo con el retrato triste de “un septuagenario, sin familia ni amigos, que se consume en una salita decorada de azul, ante un televisor”, en la añoranza del último amor y sin haber cumplido su penúltimo deseo de llegar, cuando menos, a los cuarenta años en el trono, como Carlos V, Felipe II, Felipe IV, Felipe V y su abuelo Alfonso XIII.