Después del paréntesis>

Candidatos – Por Domingo Luis Hernández

Cuenta con una posición meritoria en las listas. Eso quiere decir que por elección directa o por las renuncias de los elegidos puede ser diputado en el próximo Parlamento de Canarias.

De donde, sea como fuere la campaña, le comenté que andaría atareado entre un mitin y otro mitin. Me lo negó. Fuerzas supremas del partido en cuestión negaban esa labor. Por varias razones, unas meritorias y otras peregrinas.

Las asumibles tienen que ver con el hecho de que el mundo ya no se mueve del modo en que se movía. Y tal cosa informa de que ha de atenderse a la información masiva por las redes más que a otras cosas. Se aceptan esas iniciativas. O te renuevas o mueres.

Las peregrinas, sin embargo, aducen contradicción a la esencia misma de los partidos. En ese caso, la posición del pequeño partido en coalición (el PNC) no ha de manifestarse como tal, por la radicalidad de sus posiciones nacionalistas. Y ahí se topa con los votos. En este caso nada tienen que ver los votos con la calidad sino con la cantidad.

Y nos paramos. Porque si lo que confiere fundamento a una formación política es lo que es, en las elecciones prima su manifestación pública. De donde el descubrimiento es lo privativo, y no los subterfugios o las medias verdades por no hablar de mentiras.

En una campaña como la que vivimos -o las que nos esperan- hemos de calibrar, cuando no soportar, manejos que ni son lícitos ni se ajustan a lo que se espera de quienes han de representarnos en las instituciones públicas. Quiero decir que si uno es de derechas espera que los suyos se avengan a sus razones para apoyarlos, si solcialdemócrata a las mismas, si de izquierdas con razón o si nacionalistas en su punto.

Lo contrario es lo que ha desarmado la vida pública en este país, en comparación con lo que ocurre en democracias consolidadas e históricas.

Quiero decir, en Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania los partidos en cuestión, si ganan, han de dar cuenta en el Parlamento correspondiente de cuál es el índice de cumplimiento de sus promesas electorales. De ahí que Obama se las viera y se las deseara para obrar en consecuencia con tales sesiones públicas.

Aquí no. Nadie pide cuentas. Como le ocurre, ya digo, al partido que gobierna en el país, que de lo prometido ni una, más bien lo contrario.

Con semejantes expectativas uno se pregunta, ¿para qué tanto esfuerzo? Y se responde, para asistir a la suprema tropelía de quienes dicen ser lo que son sin serlo tanto.

Infame, se dirá, e inconsecuente. Cierto, porque los que asistimos a la corrida desde las gradas esperamos que el espectáculo sea no solo razonable sino también cierto y no un atajo de escapatorias más o menos brillantes en busca de…

La democracia es votos, comentan los señalados; y no es cierto: la democracia es la prueba por la que el proponer se corresponde con la opción subsiguiente de quien cree en las posibles acciones legislativas que les proponen.
Si esa ecuación no se cumple deviene el descrédito como resultado y la cada vez más alejada sintonía entre los perceptores y los políticos, o entre los políticos y quienes los sufren.