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Carla de Bulgaria: “Las arrugas son nuestras cicatrices de vida”

La emprendedora presentó su línea de productos de agua de rosas en Tenerife. / DA
La emprendedora presentó su línea de productos de agua de rosas en Tenerife. / DA

Por Verónica Martín

Carla de Bulgaria tiene título nobiliario y pertenece a la realeza europea. Sin embargo, es una mujer muy cercana a la calle. Sabe lo que es montar una empresa y pagar sus impuestos. Es una empresaria comprometida con su entorno y una innovadora que decidió lanzar una línea cosmética única. Lleva varios días recorriendo Canarias, unas islas a las que tiene un cariño muy especial porque pasó muchos veranos de su infancia en Tenerife. Esta semana celebró el séptimo aniversario de la marca Carla Bulgaria Roses Beauty. En Tenerife lo hizo en su recién inaugurado nuevo punto de venta: The Concept Boutique and Coffee -que se ubica en la santacrucera plaza Irineo González-, donde nos atendió.

-Usted estudió Derecho. ¿Cómo y cuándo se dedicó a la cosmética?

“La creación de Carla Bulgaria Roses Beauty fue poco a poco. No surgió de la noche a la mañana. En 1998 visité Bulgaria [el país de su esposo, que estaba obligado al exilio hasta esa fecha] por primera vez y conocí los productos del Valle de las Rosas. Desde ese momento, mi piel se enamoró de esos productos. En el año 2003 decidí visitar el Valle de las Rosas donde se cultivaba la Rosa Damascena. Allí tuve contacto directo con las destilerías, las recolectoras… y con todos aquellos que tenían que ver con el producto. Cuando vi el potencial máximo que tenía la materia prima y el cariño con el que todos trabajaban en el agua de rosas, regresé a España e hice un estudio de mercado para comprobar que era posible montar una línea de productos”.

-¿Qué es lo que esperaba ofrecer?

“En ese momento descubrí que no existía una línea completa en España basada en la Rosa Damascena. Esto fue en 2003 y estuvimos hasta 2008 creando la fórmula porque quería que tuviera el porcentaje de agua de rosas más alto del mercado. Y en mayo de 2008 se convirtió en realidad”.

-Una cosa es enamorarse de un producto y otra muy distinta es convertirse en empresaria. Algo muy duro que la ha llevado a protagonizar una campaña (Yo me mojo) en defensa de los autónomos españoles ¿cómo ha sido ese paso?

“Los primeros cinco años trabajando en la sombra, en la que la línea no existía, fueron muy complicados porque no hay un libro de instrucciones para esto. Vas aprendiendo de tus propios errores y eso puede estar bien pero hace que todo sea mucho más lento. En el plano burocrático, en España todo es bastante complicado. Hay alguna subvención por ser mujer -aunque creo que hay que apoyar a los emprendedores en general- pero muy pocas. Tuve que pedir un aval hipotecando mi casa y las ayudas que encontré no llegaban ni a financiar un ordenador. Una vez que se tiene la empresa en marcha, te encuentras con los palos en las ruedas en forma de impuestos… por eso en el año 2013 puse en marcha una campaña para revindicar el papel de las pymes y los autónomos que somos, realmente, el motor de cualquier economía de un país”.

-¿Aún tenemos que elegir las mujeres entre todos nuestros terrenos?

“Siempre se nos pregunta lo mismo a las mujeres. El propio término conciliar implica a dos o más personas. Es una cuestión de familia. Yo no concilio sola. He tenido la suerte de que mi marido lo entiende así. Es cirujano y trabaja muchísimo pero todos somos responsables: mis hijos también. En la medida de las posibilidades de cada uno, aportamos y ayudamos en activo y en pasivo. La ayuda pasiva es muy importante: que no te echen en cara si algo falta, si no hay leche o le faltan pilas al mando a distancia… Ese apoyo es fundamental, es la única manera de que conciliemos. Los periodistas deberían empezar a preguntar a todos los hombres cómo concilian también”.

-¿Le ha ayudado en su misión empresarial haber estado previamente en el mundo de la moda y de la comunicación?

“Todas las experiencias me han servido para algo. Sigo aprendiendo, que es lo más maravilloso del ser humano. Estuve muchos años centrada en el mundo de la moda y de la comunicación y eso me sirvió para conocer a mucha gente que luego me ha echado una mano”.

-Por su experiencia, ¿está la moda española donde debe estar?

“Fui seis años directora de comunicación de Pedro del Hierro, en Cortefiel. Gracias a esa labor conocí el sector y me di cuenta de que en España hay grandes talentos en la moda. Es un país con mucha creatividad. El problema es que tiene que haber más sinergia con la industria porque una cosa es ser creador y otra cosa es ser empresario y, muchas veces, en una misma persona no confluyen ambas facetas. Los italianos ya en los años 60 lo entendieron muy bien y fue cuando surgió el pret-à-porter con el mismo Armani a la cabeza. En España nos falta ese apoyo. Luego, hay otro problema grave y es que no podemos pretender tener una industria de diseño pionera cuando los propios españoles no consumimos nuestras marcas. Tenemos que empezar a apostar por lo nuestro como consumidores. No podemos echarle la culpa siempre a los demás”.

-Es curioso que usted eligiese una línea de cosmética asequible, lejos del lujo y del glamour ¿por qué?

“Cuando me enamoré del agua de rosas y vi que era tan eficaz para la piel, quise acercar esa magia a todo el mundo de mi país. Por eso pensé que era muy importante el precio y quise demostrar que se podía hacer cosmética de calidad a precios razonables, algo que implica sacrificios empresariales importantes. La idea de la marca es crear estas cremas de la felicidad para acercarlas a todo el mundo. Es mi filosofía, mi manera de entender la vida: ofrecer aquello que me parece maravilloso. Si ponía unos precios muy caros quizá no hubiera podido llegar a tanta gente. El tema del packaging también es importante porque mi filosofía de marca implica ser respetuosos con el medio ambiente, no podía estar vendiendo los productos en una caja que no sirve para nada. Los clientes son muy inteligentes y saben que la belleza, realmente, está en el interior”.

-En el mundo de la cosmética se inventan palabras que parecen científicas o muy técnicas y hay muchas promesas que no se pueden cumplir, ¿qué opina de eso?

“El mundo de la cosmética es muy complicado y está muy saturado por marcas y productos. Hay muchísima competencia y, por eso, nosotros queremos diferenciarnos. No hacemos publicidad y nuestros clientes son los que hacen el boca a boca. Es más lento, pero más seguro. En estos últimos años me relaciono muy directamente con mis clientes a través de mi blog y las redes sociales y una de las cosas más maravillosas que me han dicho -aparte de llamarlas las cremas de la felicidad- es que mis productos cumplen lo que prometen. Yo siempre digo que las arrugas son cicatrices de la vida. Nos recuerdan que hemos reído y llorado. Lo que nuestros productos hacen es cuidarlas para que luzcan mejor”.

-¿De dónde le viene ese empuje para ser empresaria?

“Yo crecí en una familia muy luchadora. Por parte materna, mi bisabuela tenía una red de pastelerías en Bilbao que fundó mi tatarabuelo. Crecí en ese negocio y vi el coraje de mi bisabuela que vivió la Guerra Civil tuvo que cerrar pasteleías y hacerlas remontar. Crecí en ese ambiente femenino de matriarcado vasco con mucha creatividad, pocos recursos, mucha ilusión y mucho trabajo. Desde pequeña sentía una gran admiración por mi bisabuela y por mi abuela. Eso te marca de una forma muy importante. Mi lado empresarial viene de ellas. La rama de mi padre está dedicada al mundo del Derecho, que es lo que estudié. Me siento muy satisfecha de mi recorrido desde pequeña”.