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Destino causal – Por César Martín

La conversación arrancó como si hubiéramos estado en uno de esos cafés de tertulias artísticas, tipo Café Gijón, donde se suceden singulares encuentros que llevan a mil y un temas diferentes. En nuestro caso aprovechamos un violonchelo como excusa para empezar a hablar de la acústica de algunos teatros. Luego, por los azares que sólo los que cultivan el verbo hablado saben, recalamos en la historia de este país, marcada por el asentamiento de la cultura romana, más tarde la árabe, la judía y tantas otras, alabando sus virtudes y las aportaciones a lo que hoy somos. Imaginamos -que más bien fue un delirio histórico- cómo serían los transportes en aquella época, maravillados ambos por la capacidad de las antiguas civilizaciones para controlar el espacio, cuestión que siempre me ha llamado la atención, por saber de que manera regulaban y delimitaban un territorio tan vasto sin tener las oportunidades tecnológicas de las que hoy gozamos. Y continuamos avanzando, profundizando cada vez más en lo que nos movía, en analizar la situación cultural de nuestro país, a merced de gobiernos que dan la espalda a la cultura, menospreciando su importancia, sometiendo a una población al desconocimiento de sus orígenes, de lo que son y de lo que podrían ser. Hay días que pienso que esto es deliberado, a propósito, pues un pueblo sin conocimiento, sin cultura, es más fácil de manejar; que a lo mejor no es así, y no se porqué, pero tengo la mosca detrás de la oreja, llámenme loco… Dejando atrás la política, progresamos en el mundo de la literatura aprovechando la reciente efeméride de día del libro. Mi interlocutora confesaba con pasión que había pagado un costoso billete de tren por ir en un día de Madrid a Barcelona y vuelta, sólo con la intención de disfrutar de la fiesta de Sant Jordi. Sus ojos brillaban al relatar las vivencias en tan tremenda fiesta en torno a la palabra. Poco a poco fuimos embriagándonos de aquel sentir mutuo en torno al arte, desarrollando una charla que sólo se vio interrumpida por el final de la carrera, pero que a mi ya me había dejado atrapado. La taxista detuvo el coche en mi destino, no sin antes decirme que igual no tenía un chalet, pero que la felicidad que le producía asistir a un concierto, al teatro o leer un libro, la colmaba. Tamaña sensación me reconcilió una vez más con el ser humano. Fui testigo de la esperanza que provoca el placer de la emoción transformadora, que dinamita lo preconcebido, posibilitando que podamos creer una vez más y comenzar a construir futuros posibles. Ahora toca tomar el relevo y continuar desafiando a las letras, a la música y seguir apostando por una cultura que no muere. ¡Seguimos!
@cesarmg78