opinión >

Día sin nombre – Por Indra Kishinchand

El estado de Chiapas, en Méjico, celebra, enmarcados en su carnaval, los cinco días sin nombre (según el calendario maya). La tradición asegura que durante este tiempo el mundo se vuelve del revés.

Se piensa, incluso, que es una época desafortunada y peligrosa. Desaparece así la separación entre el mundo espiritual y el mundo real. Los cinco días sin nombre son reflejo de un año a diez mil kilómetros. Todo aquello que no se ha definido siempre es sinónimo de oscuridad. Si no posee una etiqueta, un atributo que enmarque la verdad, empieza a aparecer el miedo.
Sin embargo, existen sentimientos que no pertenecen a ningún protocolo establecido; hay recuerdos que simplemente son, sin nombre y sin razón, sin vida. Las palabras no sirven únicamente para expresar sensaciones, sino también para ocultarlas. Los cinco días sin nombre son un respiro, un aliento para continuar con la existencia. Un vacío que llena las carencias de quienes no saber reír y llorar en soledad. Un cielo abierto para quienes piensan en las nubes como única salvación a los problemas terrenales. La ausencia de vocablos es un alivio al pensamiento constante, al hundimiento de los versos sin puntos finales. Es decir, a todos los versos menos al tuyo.