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El gran error de Sánchez, la equivocación de Rajoy – Por Fernando Jáuregui

Las imágenes del acto oficial del 2 de mayo en la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid mostraban hasta qué punto el cambio está ahí, incluyendo a ese Partido Popular que es el más reticente a las mudanzas, empezando por las de rostros: Ignacio González y Ana Botella, presidente autonómico y alcaldesa de Madrid salientes, respectivamente, encabezaban una recepción en la que ya eran las dos figuras que menos importaban a los corrillos: incluso los candidatos de Ciudadanos -él, con corbata color naranja- eran mucho más asediados, para no hablar ya de Esperanza Aguirre, la peculiar candidata a la alcaldía de la capital y de la que difícilmente se podría decir que representa una renovación en las estructuras políticas del país, por mucho que las encuestas le ofrezcan pronósticos relativamente halagüeños.

Pero, pese a ese cierto aire vetusto que se respiraba en el Palacio de Correos -antigua Dirección General de Seguridad- de Madrid, el del cambio es un aroma ya imparable, cuando esta semana comienza la que puede ser una larga sesión (sesiones) de investidura en Andalucía, y se van a poner sobre el atril de las intervenciones cuestiones clave. Por ejemplo, ¿habrá pacto, de algún tipo, del socialismo de Susana Díaz con Ciudadanos?¿Qué hará el evanescente Podemos? Y, sobre todo, ¿existe de verdad la tentación de reproducir una especie de acuerdo de todos contra el Partido Popular? Lejos de mí la idea de erigirme en defensor del partido que nos gobierna a los españoles -por mayoría absoluta todavía, por cierto-, pero, entre los errores que pienso que comete Pedro Sánchez, creo que el mayor es el de excluir por principio los pactos con el PP y con Bildu.

Con todos sus fallos, que no son pocos, hay que reconocer que el PP se muestra como un partido serio, responsable, que está, me parece, abochornado por sus pasados (y múltiples) casos de corrupción y se dice dispuesto a no repetirlos. Cierto que Rajoy carece de imaginación y de ese valor personal que consiste en salir a la calle a que te partan la cara, no es un estadista ni se le espera como tal; ni siquiera es un gran político. Pero no menos verdad es que su sentido del patriotismo y su serenidad no le hacen merecedor a convertirse en un apestado. Y, además, por si fuera poco, las encuestas, que a nivel personal destrozan a su presidente, dicen que el PP va a ser un partido con el que habrá que contar tras las elecciones de dentro de tres semanas… aunque sea para forzar pactos contra natura para evitar alcaldes y presidentes de autonomías populares. O sea, que el PP sigue siendo un referente político de primer orden, aunque Rajoy nos tenga aburridos con su previsible, monótono, triunfalista, economicista, discurso.

Si la mayor equivocación de Pedro Sánchez -ayer, almuerzo segoviano con militantes, a seis euros el cubierto- es su rechazo a priori de ciertos pactos, sin entender que el PP no es el de Fraga, ni el de Aznar, y que Bildu ya no es ETA, la de Rajoy ha sido el haberse dejado encelar contra Albert Rivera. Los alfilerazos que desde el PP siguen propinando a Ciudadanos no son pequeños. Y resulta que el único aliado posible del PP será quien hoy es su peor enemigo ante las encuestas, es decir, no otro que Ciudadanos. Algo que sagazmente ha entrevisto Susana Díaz, muy activa en sus conversaciones estos días en busca de una rápida investidura (que todos dan por hecha, de una manera u otra, con el apoyo de Ciudadanos o sin él).

Y esto es algo que me parece que también vislumbra Sánchez, que comparte, creo, el mismo análisis realista que Rajoy respecto a la formación de Rivera, pero que se cuida muy mucho de proclamarlo, ni siquiera a micrófono cerrado. Sabe Sánchez lo que se juega en estas próximas elecciones cuya campaña oficial comienza a finales de esta semana, y que son mucho más que municipales y autonómicas: si todo le sale mal y el PSOE no consigue gobernar más que en Andalucía (gracias a Susana Díaz) y en Asturias (gracias a Javier Fernández), puede que ni siquiera llegue a competir en las generales, frente a Rajoy o a quien sea. Así que Ciudadanos, hay que repetirlo, con su escasez de cuadros, de líderes y de programas locales, es el árbitro, el gran árbitro: aquel a quien apoye Rivera será el nuevo, o el viejo, inquilino de La Moncloa. Y el juego de tronos comienza, precisamente, esta semana en la que arranca la galopada final hacia las elecciones del 24-m.