Maniquíes

13997328075_0a223dfecd_h

CONRADO FLORES

Cuando era pequeño me causaban cierta fascinación. Los maniquíes de los escaparates eran algo misterioso y desconfiaba de ellos. De hecho aún lo sigo haciendo con los que no están descabezados y tienen ojos en la cara.De algún modo pensaba que cobrarían vida en cuanto dejara de observarlos. Por eso,tras perderlos de vista unos segundos me aseguraba de que seguían en la misma posición, como haría cualquier crío después de ver Toy Story.

El nombre surge del holandés manneken u hombre pequeño, ya que hace varios siglos se denominaba así a las figuras que servían de modelo a los artistas plásticos. Hoy día miden más de 180 cm y hacen su trabajo 24 horas al día sin que jamás se les haya visto iniciar una huelga. Son los que lucen las mejores prendas de la temporada de cada marca, los que te dicen qué te vas a poner durante el próximo trimestre.

Una amiga me confesó una vez su debilidad por los veteranos maniquíes masculinos de una conocida tienda lagunera. Me decía que sus facciones eran perfectas, que tenían un pelazo y que cada vez que pasaba frente a la tienda tenía que echarles un vistazo. Solo confío en que no tenga intención de salir por ahí con alguno a tomar una copa, porque cuesta bastante meterlos en el coche de cuerpo entero.

Los maniquíes son entes perfectos e inquietantes. La primera vez que vi cómo cambiaban de ropa a uno de ellos, me paré frente al escaparate del comercio. Allí una joven empleada arreglaba la camisa de un apuesto varón mientras este permanecía humillantemente desnudo de ombligo para abajo. Ver a aquel Adonis asexuado de fibra de vidrio dejándose manipular de manera tan sumisa por aquella chica me hizo perderles un poco el respeto.

En otra ocasión, mientras paseaba sin rumbo por un centro comercial, escuché a una adolescente decirle a su amiga: “Mira qué maniquí más gorda tía”. A lo que la otra contestó: “Qué va a estar gorda, lo que pasa es que las otras están anoréxicas (tía)”. Y así era, esas maniquíes de cuerpos imposibles y piernas interminables son una máquina de frustraciones. Estamos de acuerdo en que todo lo que les pongas encima les queda bien. Y ni Elsa Pataky aguanta esa pose sin acabar en el traumatólogo. Pero luego en casa la prenda no luce igual en nuestros cuerpos de carne y hueso, y nos entran ganas de aprender a manejar una pistola. Y solo porque somos fruto del azar y no del acrílico.