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Maricón el último – Por Andrés Chaves

1. El debate nacional, más que las encuestas, incluso, se sitúa ahora en si Paquirrín, el hijo de la Pantoja, llamó o no maricón al presentador de Telecinco Jorge Javier Vázquez, que en algunos programas y en su libro alardea de su condición de homosexual, cosa que a mí me la renflanflinfla. Cada uno hace lo que quiera con su cuerpo, pero degradar el debate a estos niveles me resulta patético y en este canal rosa están pasando cosas que, al menos para mí, son inasumibles; por eso procuro no verlo. No porque no respete la tendencia sexual de cada cual y todo lo demás, incluida la libertad de expresión, sino porque el alarde tanto del machismo como de lo contrario me resulta realmente innecesario. No sé si eso da espectadores o no, creo que sí. Lo cierto es que llevan más de quince días poniendo a parir al Paquirrín de los huevos por insultar al presentador y porque ha dicho que el programa Sálvame es una mierda y que ha contribuido a meter a su madre en la cárcel. Cosas ambas que son verdad.

2. Y tampoco me extraña que la influenciable justicia española haya hecho caso al clamor que estos de Sálvame crearon, con el poder de la televisión, para que la tonadillera acabara con sus huesos en una prisión de mujeres de Alcalá de Guadaira o de por ahí. Telecinco practica un doble juego interesante: mientras Sálvame pone de chupa y dómine a Paquirrín, Ana Rosa Quintana, por la mañana, le da audiencia y lo deja explicarse. Y en medio hay un comodín, que se llama Anabel Pantoja, que se gana bien la vida en Telecinco defendiendo a su numerosa familia en apuros, a base de cobrar billetes, pero de los bin laden, en uno y otro programa.

3. Joder, qué fauna. Eso de llamarse unos a otros maricones era propio del colegio. Cuando todos los de la clase nos echábamos a correr en tropel, como caballos desbocados, el que arrancaba gritaba: “¡Maricón el último!”. Y siempre quedaba el último un gordito, al que le costaba arrancar, que da la casualidad que no era maricón, sino un picha fina de mucho cuidado. Así que el grito de guerra no tenía el más mínimo sentido. Igual que el de Paquirrín.
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