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Martín Caparrós: “Creo cada vez más que hay que hacer periodismo contra la gente”

Martín Caparrós. | F. P.
Martín Caparrós. | F. P.

SARAY ENCINOSO | Santa Cruz de Tenerife
Foto: FRAN PALLERO

Ha contado su país y el mundo a través de la ficción y la crónica. El último y ambicioso proyecto de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es El Hambre, un ensayo de más de 600 páginas que ha escrito después de recorrer medio planeta para buscar la respuesta a una pregunta: ¿por qué millones de personas pasan hambre cuando hay comida de sobra para todos? Esta semana participó en el foro Enciende la Tierra, de la Fundación CajaCanarias, donde explicó el resultado de esta indagación.

El hambre solo aparece en nuestro mundo cuando hablamos de una guerra o una catástrofe natural. ¿Hemos asumido que el hambre es parte del paisaje?
“Sigue habiendo hambrunas, pero no tienen la incidencia de hace 15 o 20 años. En los campos de refugiados sirios, en Sudán del Sur o en el Cuerno de África el hambre no es una cuestión crónica, sino aguda. Luego están esos cientos de millones de personas que no comen lo que necesitan. No reaccionamos porque no tenemos la sensación de que nos suceda a nosotros. La prueba es la diferencia tan radical que muchos tuvimos frente al atentado de Charlie Hebdo y la que tuvimos frente al naufragio en el que murieron cientos de personas en el Mediterráneo. Lo de Charlie Hebdo nos sucedía a cada uno de nosotros, pero no la muerte de esas 800 o 900 personas. Con el hambre nos pasa básicamente eso. Decidimos no hacernos cargo de lo que sucede, pese a que cada vez sucede más cerca, cosa que, nos dicen, debería hacernos cambiar esta actitud, como si fuera más grave lo que le ocurre a alguien que habla el mismo idioma y vive a 10 kilómetros que lo que le pasa a alguien que no habla el mismo idioma y vive a 1.000”.

-En el caso del Mediterráneo, la Unión Europea quiere aprobar medidas para poder evitar que los barcos lleguen a zarpar desde el Norte de África. ¿Es otra barrera más para evitar ver qué sucede?
“Por supuesto, pero no debería sorprendernos. Es la continuidad de una serie de políticas que también son las que producen el hambre. Las políticas de subsidios a los alimentos y a la producción agraria de la Comunidad Europea han arruinado un montón de economías regionales. Hay unos países que deciden utilizar sus recursos para hacer que sus habitantes tengan enormes ventajas frente a los habitantes de otros países, que se arruinan y dejan de comer. Estamos llenos de situaciones en las que los países ricos, no solo la Unión Europea, ponen barreras y producen el hambre de millones”.

-En El Hambre le pregunta a una mujer cuál es su mayor deseo. Le responde que tener una vaca. Usted le dice que pida lo que más quiera y ella contesta que dos vacas. ¿El hambre, además de comerles literalmente por dentro -fenómeno que explica en el libro-, también elimina la capacidad de imaginar?
“En muchos casos es así. Es una de las cosas que más me impresionó: comprobar cómo el horizonte del deseo también se ve enflaquecido cuando el cuerpo no se alimenta como debe y cuando se vive en esa situación en la que lo único que importa es qué haces para comer mañana. No tienes la posibilidad mental de pensar en un futuro un poquito más lejano. Ese es uno de los efectos más nocivos de la pobreza extrema”.

-A pesar de que había preparado el viaje y llevaba tiempo documentándose antes de viajar a esos países, ¿estaba preparado para ver lo que vio?
“Nunca estás preparado para ciertas cosas. Llevo 30 años haciendo este tipo de reportajes. El día que deje de afectarme dejaré de hacerlo. Por suerte me sigue poniendo nervioso, me sigue impidiendo dormir algunas noches y me sigue produciendo un cabreo que trato de hacer productivo”.

-El título del libro, El Hambre, es muy ambicioso. ¿Cómo consigue escribir sobre este tema sin caer en tópicos o sensacionalismos?
“No sé si lo consigo; lo intento. Cuando empecé a trabajar tenía miedo de caer en algo así. Lo que me tranquilizó un poco fue una decisión que tomé al principio. Yo sabía que quería contar vidas de personas que pasan hambre, porque me importaba que los eventuales lectores pudieran imaginarse lo que tratan de no ver. Pero tenía miedo de que, si me limitaba a contar esas historias, iba a caer en lo que yo llamaba una pornografía de la miseria. Pensé que la forma de que eso no sucediera era coordinando esas historias con análisis y con datos que permitieran entender por qué pasan esas cosas. Saber que suceden por sí mismo no es suficiente, hay que entender por qué pasa para pensar qué hacer para que dejen de ocurrir”.

-Además de factores culturales o históricos, usted constata una realidad en sus viajes: no entrevista a ateos. ¿Qué papel juega la religión en las personas que padecen un hambre constante?
“La religión hace que los que lo pasan peor se resignen. En el libro cito una frase de la madre Teresa de Calcuta, que habla de lo bello que es ver a los pobres resignarse a su suerte. Esa frase explica cómo la religión impide que esos pobres dejen de resignarse a su suerte, en este caso al hambre, y le den vuelta”.

El hambre hace que el horizonte del deseo se vea enflaquecido”

-Ellos son incapaces de imaginarse en otra situación y nosotros también: ya no nos imaginamos un mundo sin hambre.
“Eso es algo que entendí hace poco. La pobreza extrema impide a quienes padecen hambre buscar horizontes, pero nosotros hacemos lo mismo. Hay una especie de pobreza extrema de la reflexión y de la voluntad política que hace que no podamos pensar un poco más allá y creer que no tiene por qué haber hambre en el mundo y que puede no haber hambre en el mundo. Es algo que está a nuestro alcance: se produce suficiente comida para todos y es solo una cuestión política cambiar las formas en que esa riqueza está distribuida para que todos tengan lo suficiente”.

-Viajó a Chicago para ver cómo funcionaban el mercado a futuro de los alimentos, cómo se marca el precio de las materias primas y cómo eso hace que una persona coma o no coma. ¿Qué sintió al verlo?
“Confieso que en ese momento estaba demasiado preocupado por entender como para poder sentir. Lo curioso es que toda la gente con la que hablé era bastante amable y simpática. Ellos no tenían ninguna idea de que su trabajo fuera el causante de tanta desgracia en tantos lugares. Si tú estás jugando con el precio futuro del trigo y tienes que estar pensando en cuánta gente no va a poder comer porque haces aumentar el precio, o te matas o asumes que eres un hijo puta. La única manera es no pensarlo y les salía muy bien. Era gente muy amable. Eso me hace pensar que hay que desconfiar de la gente amable”.

-Muchos lectores le han reprochado que no hable más de Europa o de determinados países. ¿Por qué nos cuesta tanto empatizar con una persona que lo pasa mal si no vive en tu ciudad?
“Una de las mejores trampas en las que está organizado el mundo contemporáneo es esta idea de las nacionalidades. El capital ha tenido la astucia, desde hace años, de pasar de esa cuadrícula y se maneja a escala mundial. Pero para todo lo demás nos sigue importando más lo que le pasa a un connacional que a un extranjero. Canarias está más cerca de Mauritania que de Andalucía. Según los datos del periodista Nicolás Castellano, en Mauritania, un país en el que viven entre tres y cuatro millones de personas, mueren 80.000 chicos cada año por causas ligadas con la desnutrición. Están aquí al lado, pero como no tienen el mismo carné de identidad no importan. Esta especie de cuadrícula imaginaria en que se ha dividido el mundo hace que no nos importe. Es un logro extraordinario, sobre todo cuando uno piensa en términos históricos y comprueba con facilidad que estas unidades de sentido que nos parecen decisivas, inamovibles, eternas, cambian todo el tiempo. Esto no era España hace 500 años y seguramente dentro de 200 será otra cosa. Sin embargo, nos parece que son unidades inalterables que deben regir toda nuestra comprensión del mundo. Es curioso que seamos tan cortos de miras. A ver si es que nosotros no queremos ni dos vacas, sino que queremos vaca y media”.

La religión impide que los pobres dejen de resignarse”

-¿Cree que el periodismo en España está contando lo que está ocurriendo?
“Parece que estamos, como siempre, en un momento de transición. El modelo de los últimos años está en decadencia y está apareciendo uno nuevo que todavía no se ha consolidado. De la hegemonía de los grandes medios de papel se está pasando a una serie de propuestas digitales que seguramente sean las que plantean cosas más interesantes. Lo que pasa es que es un modelo que todavía se está buscando a sí mismo y que no da la sensación, en conjunto, de que esté contando lo que ocurre en España con la extensión y la profundidad que uno desearía. En España, al margen del periodismo, también estamos viviendo un momento de transición que lo hace atractivo. Me parece que todos tenemos la sensación de que por primera vez en bastantes años pasan cosas y, sin embargo, no parece que estemos contándolo tan bien como podríamos”.

-En España se suele decir que la gente no quiere leer textos largos. ¿Está de acuerdo?
“¿Qué es la gente? Yo suelo escribir lagente, así, todo junto, para subrayar el hecho de que es un concepto propio, pero es que, además, si uno ve lo que la gente favorece en los medios, las listas de lo más leído, se mata, se dedica a la noble profesión de la peluquería, la carnicería o los asaltos a bancos, pero deja esta tontería. Todas las listas de lo más leído son en plan ‘las diez mujeres con las tetas más grandes de no sé dónde’, ‘los cinco hombres más ricos de no sé qué sitio’… Si vamos a decidir qué hacemos en función de la gente, busquémonos otro oficio. Yo creo cada vez más que hay que hacer periodismo contra la gente. No darle al público lo que quiere, sino darle al público lo que creemos que hay que hacer. Lo importante es lo que nosotros consideramos que debe ser dicho. Luego, si no hay quien lo escuche habrá que ver qué pasa”.

-Muchos periodistas españoles miran con envidia las grandes crónicas que se están escribiendo en Latinoamérica. ¿A qué se debe esa explosión?
“Estoy feliz de cómo vendimos una moto maravillosa. En realidad, los medios que publican estas crónicas en América Latina son muy escasos. Tres o cuatro revistas de baja circulación. En los grandes medios se publica muy poca crónica. Lo mejor se está haciendo en libros, pero en España en libros también se hace, y más, porque hay una industria editorial más potente. Lo que sí hay es una red de gente que ha conseguido encontrar un espacio común, y eso le ha dado una relevancia a un trabajo que, en términos de lagente, no tiene. Pero quizás sea por lo que hablábamos: hay una cantidad de personas que decidieron que quieren hacer lo que quieren hacer, más allá de que haya repercusión pública. En eso ha tenido un papel muy significativo la Fundación del Nuevo Periodismo que fundó Gabriel García Márquez. Esta fundación hizo un gran trabajo de construcción de redes, de poner en contacto a periodistas de todo el continente y de ayudarlos a hacer mejor lo que quieren hacer”.

-¿Qué es lo que menos le gusta del periodismo español?
“Los periodistas españoles dicen que les gusta lo que sucede en América Latina, que allá la gente se toma tiempo para trabajar un tema. Pero lo hacemos como podemos, en ratos libres, sabiendo que quizá nadie va a pagar por ese tiempo que estamos invirtiendo. Aquí todos esperan que eso lo entreguen las empresas por su magnificencia inconmensurable. Y, en general, ni las empresas ni los editores de los medios tienen ninguna magnificencia. Tomarse su tiempo, pensar más allá del público, o contra el público, requiere una convicción personal que, me da la sensación, aquí pocos tienen”.

-Es decir, cuando autores como Leila Guerriero deciden irse a un pueblo de la Patagonia para escribir Los Suicidas del fin del mundo o a Laborde para contar un festival de malambo tienen que buscarse la vida para financiar el texto en el que creen…
“Claro. Nadie viene a pedírtelo. Todos los libros que hemos publicado en los últimos 20 años están hechos con pura voluntad de quien los hace. A lo sumo, una editorial te garantiza que te lo va a publicar, pero nadie adelanta nada. Aquí el periodista tiene la idea de que alguien tendría que hacerse cargo de todo esto para que pueda trabajar como corresponde. Y no, nadie se va a hacer cargo”.