Después del paréntesis>

El paladar – Por Domingo Luis Hernández

Era una niña fea, con una nariz rara, a diferencia de sus dos espléndidas y bellísimas hermanas. Así es que su periplo por este mundo se dispuso atado a la transformación de lo que la rodeaba, a hablar con los fantasmas que poblaban la inmensa casa del barrio rico de Montevideo en la que vivía, a trasladar su existencia a la ficción y a retener sus disgustos en un conciso diario que no abandonó en todos los días de esa vida. Mas, como el padre era diplomático y hubo de trasladar su labor fuera de su país de origen, Uruguay, la niña de doce años recorrió lugares tan extraños como la geografía del planeta que los contenía. Primero a la cercana Buenos Aires en Argentina, ese país de múltiples correspondencias y disgustos con el suyo; después el Madrid de la dictadura de Franco, donde toda la familia asistió con una convicción: el estado político de España y la situación social les pareció horripilante.

Ahí no terminaba la historia. El padre siguió con su prole al Moscú comunista, el de las carencias y tan insólito que muchos de los acontecimientos que allí vivieron ni siquiera los usaron para chiste. Pero fue una etapa ilustrativa para lo que la niña inventó muchos años después: El testigo invisible, de 2013. Y como crecía, su madre, la madre que ejercía la suficiencia y la expansión de la casa en la sede diplomática, intervino: la transformación en mujer de la muchacha. La cirugía plástica (esa especialidad médica de la que hoy es una reputada especialista su hija Sofía) convenció. La transformación fue eminente, desde el rostro, el pelo, su figura… El resultado no solo fue apreciable sino convincente. Con ello el camino hacia Londres, uno de los lugares del planeta que más huella han dejado en esta mujer y uno de los lugares con más presencia efectiva en su obra. Ahí la decisión: con diecinueve años, boda; con la boda sus dos hijas y lo que su familia original fundamentó: el clan, la unidad inquebrantable. De manera que cuando ese dislate vital se resolvió unos catorce años después, volvió de nuevo soltera al Londres en el que seguían sus padres para vivir y disfrutar de lo que la joven no vivió. Y ello hasta que decidió: España, o las dos caras de su personalidad: el padre al que adoró frente a la madre que admiró.

La literatura juvenil e infantil dio paso a la escritora meritoria que es hoy, Premio Planeta (entre otros) incluido. Y como aprendió muy pronto a moverse como una posesa por las letras, ya cercana a los sesenta años recurrió al tiempo, lo recuperó. Llamó a su hermano Gervasio (que había compartido con ella y toda la familia el recorrido) y actuó. Tres ciudades (Madrid, Moscú, Londres), tres tiempos, tres experiencias singulares y primorosas, con un padre en la altura de su porvenir (la cultura, los libros, las conversaciones, el rigor…) y una madre que se las componía entre el caviar y las sardinas, una maestra asombrosa para presentar ante los invitados la maravilla, su fastuoso poder de seducción: el pastel de langosta sin langosta o los huevos al nido que eran huevos y nido de azúcar, costoso en la ejecución, baratísimo y primoroso. Sobre ese deslizamiento, el pasado alumbró el porvenir: un libro de recuerdos, una trampa sutil de la autobiografía, cargado de recetas de cocina, un sabor para cada acontecimiento. Hoy caviar, mañana sardinas, se llama. No fue extraño, y no lo es, que ganara un afamado premio culinario.

Carmen Posadas.