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Pedigüeños – Por Andrés Chaves

1. Te sientas en una plaza andaluza, a tomarte un café, y empiezan a rodearte vendedores de loterías, porteadores de tortitas de Utrera, una mujer que escribe poesías a la carta y tiene su tarifa: cinco euros, la vendedora del oro de la Cruz Roja, un tipo con un aerosol que te pide que le compres otro, el tío flaquito y de pantalón pitillo que te pide un cigarro, el de los ciegos; joder, qué tropa. Si los atiendes a todos te arruinas, porque debes llevar algo así como veinte euros en el bolsillo para que se vayan sin mucho ruido. La vieja de la poesía te mira con mala cara y te insulta si la despachas de baracalofi. Es una fauna infame que da idea de que es mentira que España vaya bien, aunque este ha sido, de siempre, un país de pedigüeños, alcahuetas y viejas poetisas. No tiene remedio y Andalucía es un terreno abonado para los pícaros, siempre lo fue. Auténticas moscas cojoneras.

2. Yo ya me aburro de casi todo, me ilusionan pocas cosas y busco la comodidad, que no encuentro, sentado al sol en una plaza andaluza, con el astro pegando de lleno en mi cara y la vieja largándome la poesía por la gracia de Dios, escrita en un papel grasiento, como el que llevaba siempre Chinea, el sablista de mi abuelo. En aquellos tiempos toda la gente bien tenía un sablista, que iba de casa en casa a reclamar su óbolo. Pero, por lo que se ve, los pedigüeños han vuelto, con su contumacia y su lirismo, transformados en aerosoles y poesías de letra temblorosa. Todos somos un poco sablistas, formamos una cadena, una pirámide de óbolos y propinas.

3. Así que no les recomiendo que se sienten a tomar el sol o a beber una coca-cola zero en una plaza andaluza, donde revolotean las moscas y los mendigos sin solución de continuidad. Pierdes hasta la noción del tiempo, pierdes hasta la medida del artículo, pierdes hasta lo que quieres decir y lo que quieres contar. Te pasas el tiempo sorteando peticiones inútiles: el del cigarro, el que quiere que lo invites a un café, el de las tortitas de Utrera y otro que vende unos dulces de Medina Sidonia, la gordita del oro de la Cruz Roja, que se llama Cristina. Al fondo se sienta, buscando el sol y el nada que hacer, el ex yerno del dueño del bar, al que éste le mantiene el empleo para que le siga pasando la pensión a su hija. De todo esto me entero, sentado en la plaza, tomando el sol y espantando las moscas.
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