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Piero della Francesca – Por Luis Ortega

En San Francisco de Arezzo y ante la Leyenda de la Vera Cruz, entre la admiración y la extrañeza entendí que, a veces, el arte no fue un medio de comunicación entre los hombres, como siempre había pensado. Fue la única explicación para el olvido de más de cuatro siglos que pesó sobre el autor de los mejores frescos del Renacimiento. Entre 1452 y 1466 Piero de Benedetto (1416-1491), Piero della Francesca, trabajó para la familia Bacci, patrona del templo, y desarrolló, según la catequética Leyenda Aurea de Jacopo da Varazze, una serie pictórica sobre el madero en el que expiró Jesús de Nazareth, desde que era una simple rama de olivo, pedida por el padre Adán para curar su ceguera, hasta su hallazgo por Santa Elena, la madre de Constantino, que hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio Romano. En diez secuencias de amplio formato -una media de 3,5 x 6 metros- resumió los hitos legendarios y los plasmó con grandiosa solemnidad y un exigente estudio de las proporciones, de modo que la relación de los personajes con la naturaleza y la arquitectura fuera armónica y equilibrada. A la perfección conceptual se unió la audacia técnica de utilizar la pintura al fresco y en seco, con el temple a la caseína, con las que logró sublimes riquezas tonales y una nitidez inédita en el Quatrocentto italiano. Contó con dos colaboradores, Lorentino d’Andrea y Giovanni di Piamonti que, además de auxiliarle en la preparación de los muros y la disposición de los pigmentos, tuvieron cierto protagonismo en la realización de las figuras -los profetas Ezequiel y Jeremías y Ángel y Cupido- que flanquean las secuencia principales, siempre bajo la exigente supervisión del maestro. En el soberbio conjunto della Francesca demostró sus excelencias como colorista en una visión nocturna -El sueño de Constantino- que supuso una elogiada innovación entre los primeros renacentistas y, además, anticipó de modo práctico sus teorías sobre la perspectiva, fundadas en la geometría euclidiana, que llenaron los últimos años de su vida cuando una progresiva pérdida de vista le alejó de los pinceles. Desde 1478 hasta su muerte, en su localidad natal de Sansepolcro, el 12 de octubre de 1492 -el día que Colón pisó el Nuevo Mundo- redactó tres tratados que buscaron interpretar de la realidad de las cosas por medio del orden matemático. El interés que el impresionista Degas mostró por su obra sirvió para que la crítica de la primera mitad del siglo XX reparara una de las mayores injusticias de la historia del arte.