tribuna >

Silencios – Por Indra Kishinchand

Los hombres sin alma recorren los pasillos del tiempo como si les pertenecieran las palabras. Qué difícil es comprender que cada verso no pertenece ni a quien lo escribe ni a quien lo lee, sino a quien es capaz de guardarlo en una memoria invisible; de reconstruirlo inconscientemente en el momento más oportuno. Qué complicado es darse cuenta que la mayoría de las veces es mejor callar que suplir la afonía con los miedos. Nosotros sin embargo hablábamos sin parar, como si aquel gesto fuera a solucionar todos nuestros problemas. Conversábamos y nos ausentábamos en los momentos más inoportunos hasta que nos dimos cuenta que desconfiábamos de las ausencias. Nos asustaba tanto no tener nada que decir que agotamos la vida y el dolor.

Supe entonces y sé ahora que nosotros éramos el reflejo de muchos; de una sociedad que no era capaz de asentarse en tranquilidad y el sosiego, de hombres y mujeres que habían olvidado el significado del misterio, la discreción o la prudencia. Tú y yo nos convertimos en el ejemplo de lo que no queríamos ser, en la excusa perfecta para dejar(nos) sin habla. Decía Galeano que “sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces la mejor manera de comunicarse es callando”. Qué tontos fuimos. Qué poco callamos.