nombre y apellido>

Teilhard de Chardin – Por Luis Ortega

En una tienda de viejo, y por un euro, adquirí tres libros en perfecto estado de conservación y con absoluta apariencia de virginidad. El motivo fue El corazón de la materia (Sal Terrae, 2002), que titula el último volumen de ensayos de Teilhard de Chardin (1881-1955), sacerdote en Hastings y teólogo en Jersey, viajero por el Lejano Oriente, director de excavaciones en Asia, referente de fe y cultura en nuestra juventud. Fue el filósofo y paleontólogo que, con visión evolucionista, secó la humedad de la quietud indolente y la tuerca doctrinaria, tan insoportable la una como la otra; el intelectual insobornable y equidistante en el rechazo de la soberbia tomista y el recio materialismo que, para cabreo de ambas facciones, concilió su religiosidad con la vocación científica; buscó sin tregua la verdad que existe y no tiene dueño y, como persona de fondo, pagó caros sus errores y se ignoraron, con malicia, sus hallazgos y éxitos. Cristiano de raíz, su camino y su meta fue enlazar la médula de la fe con los logros y exigencias de la ciencia moderna y en este texto lo aclara con sinceridad y, sobre todo, con comprensión general para sus opositores desde el campo de la inteligencia y caritativa, absolutamente caritativa, para sus censores próximos, los jerarcas reaccionarios que le embistieron y que, con otros nombres y los mismos modos, aún lo atacan y lo temen. Prólogo y guía de su camino y epílogo de su coherente existencia, estas confesiones -halladas por azar en una almoneda de Santa Cruz- pueden ser entendidas como guía, prólogo y epílogo de su coherente existencia porque, en su madurez, Teilhard percibe y nos revela “las dos vías convergentes por las que transitó y la unidad de su vida”. Es un texto redondo y esperanzado que, desde la diáfana redacción, agiganta al pensador y consolida el pensamiento y denuncia, desde la luz, la injusticia de su reivindicación pendiente. Por los gozosos azares de la lectura compruebo que, en este mayo florido, se cumplen ciento treinta y cuatro años de su nacimiento y, en el próximo otoño, sesenta de su muerte y las proscripciones del Santo Oficio sólo han tenido dos atenuantes para su incómoda memoria: la declaración del maltratado Pablo VI sobre “su explicación del universo que manifiesta la presencia de Dios en el principio inteligente y creador”; y la afirmación de Benedicto XVI sobre Gaudium et Spes, una base capital del Vaticano II, cuya fuente de inspiración fueron las teorías del sabio jesuita francés.