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Tomás de la Cámara – Por Luis Ortega

Como otros turistas, me vi un domingo ante una edificación colosal, entre lo sacro y lo militar que, con motivo del V Centenario, se incluyó en la Ruta Teresiana. La excursión vale en sí misma por los bellos parajes del río Tormes y, también, por la nostalgia que despierta toda obra inacabada. Esta es la historia: el 1 de mayo de 1898, castellanos de distintos lugares acudieron a la colocación de la primera piedra de un templo que nació, con rango basilical, para acoger los restos de la Santa Andariega. La iniciativa del “Padre Cámara” -monseñor Tomás Genaro de Cámara y Castro (1847-1904), que ocupó la seo de Salamanca los últimos veinte años de su vida- tuvo partidarios y detractores y resucitó disputas entre abulenses y charros, pero su inteligencia y, sobre todo, su relación con Alfonso XIII, vencieron los obstáculos. Sus sensibilidad social, la piedad que ejerció durante una epidemia de peste, y su esfuerzo en la restauración del patrimonio histórico le valieron el afecto popular; sus libros sobre ciencia y fe, biografías de santos y ensayos sobre aspectos del catolicismo, la confianza de las élites políticas y un escaño en el Senado. Con ese bagaje, impulsó el proyecto, redactado por Enrique Repullés y Vargas, Arquitecto Real -una iglesia neogótica de tres mil metros cuadrados- y garantizó su financiación. Las dificultades del terreno dispararon los gastos de cimentación y retardaron la ambiciosa construcción, con naves de once metros de altura y capillas en los flancos. Tanto el mitrado como el arquitecto murieron antes de ver materializada la idea del técnico que, con el lema de la Entrada al Castillo Interior, proponía un recorrido de esbeltas columnas para llegar a la intimidad destinada al Sepulcro de Santa Teresa de Jesús. Con ciclos de actividad y paro, los trabajos cesaron en 1933 y sólo setenta y cuatro años después, monseñor Carlos López retomó el testigo y adjudicó la cobertura del ábside y el presbiterio, al arquitecto Rodríguez-Navas y el constructor Jesús Yáñez que, hasta 2010, cumplieron estos objetivos. La crisis no permitió continuar los trabajos del crucero y acometer un ambicioso programa de vitrales dedicados a mujeres que representaron, en grado místico y heroico, la espiritualidad cristiana. Tal vez “algún milagro de la santa -como apunta una señora con velo- permitirá que repose aquí para siempre y nosotros lo veamos”. O, tal vez, serán las nuevas generaciones las que, tras una nueva decisión de un mitrado, conozcan la conclusión y puesta en uso de un empeño piadoso ‘y centenario.