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La vetocracia norteamericana – Por Jaime Rodríguez-Arana

Francis Fukuyama, un pensador norteamericano especializado en ciencia política que adquirió cierta notoriedad con su tesis del fin de la Historia, acaba de publicar un libro sobre el orden político y su decadencia. Un ensayo sobre los fundamentos de la democracia y su declive en este tiempo. Sus estudios sobre el orden político comenzaron en 2011 con su libro sobre sus orígenes, en el que vuelve a ratificar su intuición de hace varias décadas: que el modelo liberal es el objetivo final al que se dirige inexorablemente el curso de la historia política.

En efecto, Fukuyama sigue pensando que pese a la actual crisis institucional, la democracia liberal sigue siendo la mejor organización política, y, según este autor, por largo tiempo. Sin embargo, el sistema democrático norteamericano, en este libro sobre la decadencia política, es criticado a partir de lo que el pensador de origen asiático denomina vetocracia norteamericana. En los últimos tiempos, los artículos que Fukuyama publica frecuentemente en Foreign Affairs vienen denunciando precisamente la deriva del régimen democrático estadounidense a partir del deterioro institucional y la deficiente gestión pública que recientemente caracterizan una de las democracias consideradas más sólidas del mundo. Con la expresión vetocracia se refiere a un fenómeno en cuya virtud se aprecia en una creciente incapacidad por parte de la Administración norteamericana para adoptar decisiones políticas de calado, relevantes, de verdadero interés general. Y esto es así, en opinión del politólogo de la Universidad de Stanford, porque con el paso del tiempo el sistema político se ha ido deteriorando poco a poco hasta instalarse en una fase de aguda decadencia. De todas formas, la recesión democrática que estudia Fukuyama trae causa del interior del sistema, pues el engranaje institucional en los Estados Unidos termina grangrenándose y, como consecuencia, también como causa, emergen intereses espurios que finalmente privatizan el interés general. Estados Unidos, que fue la avanzadilla de la democracia liberal, es ahora el objeto de estudio en el laboratorio para evitar que los males que aquejan a su sistema político se transmitan, como por ósmosis, al resto de los países que viven en regímenes políticos de democracia liberal. El sistema político de los EE.UU. se apoya, como sabemos, en la separación de los poderes, en la existencia de una reducida maquinaria administrativa, la estrictamente imprescindible y en el control completo de la actividad política. Tales criterios permitirían, así ha sido durante largo tiempo, también con obvias sombras, que los presidentes pudieran llevar a cabo políticas centradas en la defensa del interés general.

Sin embargo, la realidad es la que es. En no mucho tiempo, también en los Estados Unidos de Norteamérica, se han multiplicado exponencialmente los órganos, agencias y organismos públicos y administrativos con el evidente aumento de personal y de gasto público. Y lo que es más preocupante, los grupos de presión han podido apoderarse en buena medida de la agenda legislativa sin que el aparato administrativo haya podido gestionar con eficacia sus cada vez mayores competencias, facultades y atribuciones. Estas dos circunstancias conducen, dice Fukuyama, al bloqueo y paralización de los proyectos políticos y, de paso, a una preocupante inestabilidad. Esta situación de vetocracia, además, se manifiesta en preocupantes cotas de corrupción, en desigualdad política y desigualdad económica, así como en una creciente polarización ideológica, radicalización que hace que se resienta la capacidad representativa de la democracia. Esta decadencia política que se trasluce en la vetocracia llega, señala el politólogo norteamericano, a Europa. Es lo que denomina la americanización de Europa, que consiste en que también en el viejo continente los grupos de presión, a nivel comunitario y en cada uno de los Estados, adquieren una notable influencia hasta adueñarse de espacios relevantes del interés general, que muchos gobiernos lo entregan, por inconfesables razones, a los nuevos dominadores de la escena global. Además, Fukuyama observa en la UE una creciente opacidad en el funcionamiento de los comités que diseñan las políticas de la Unión Europea, así como una excesiva descentralización que tantas veces provoca la paralización y la incompetencia. En fin, la denominada vetocracia norteamericana es ya una amarga realidad en el viejo continente que se ha dejado dominar, por expresa renuncia a sus señas de identidad, por una forma de gobierno y gestión en el que muchos ciudadanos no encuentran la defensa del interés general que cabría esperar.