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Víctor D’Hont – Por Luis Ortega

Desde la restauración de la democracia en España, el título de un procedimiento de asignación de cargos electos, en proporción a los votos conseguidos por las candidaturas, motiva polémicas en torno a la justicia u oportunidad de una técnica que, desde su presentación y descripción en 1878, estuvo siempre rodeado de elogios interesados por una parte y, de otra, de severas controversias. Para bien y para mal, el Sistema D’Hondt ha perpetuado la memoria de su creador, un catedrático de derecho civil y fiscal de la Universidad de Gante que, según parece, no calculó ni el amplio seguimiento internacional ni la crítica virulenta de su famosa invención, explicada en varias publicaciones en los últimos años del siglo XIX. Con la misma acidez que en las vísperas, horas después de las elecciones autonómicas y locales, que dibujaron un nuevo escenario político, se alzaron voces contra el método -aunque sus entusiastas defensores lo llaman regla- de Víctor D’Hondt (1841-1901) con el cierto y repetido argumento de su absoluta conveniencia para los partidos mayoritarios y el injusto castigo para los minoritarios, que se inicia con la exigencia mínima del tres por ciento de los sufragios y continúa con el escalonado reparto de restos, que permite con facilidad las mayorías absolutas de las grandes formaciones (como ejemplo están las tres cosechadas por el PSOE y las dos del PP). Aplicado en dieciséis países europeos-Francia, España, Bélgica, Holanda, Suiza, Austria, Finlandia, Grecia, Portugal, Irlanda del Norte y las jóvenes democracias del Este, Bulgaria, Croacia, República Checa y Eslovenia, y una decena de América Latina -Chile, Argentina, Colombia, Ecuador, Guatemala, Paraguay, Uruguay, República Dominicana y Venezuela- además de Turquía, Israel y Japón, tiene un alto grado de proporcionalidad en ámbitos con un gran número de escaños a elegir en cada distrito, aunque esa proporcionalidad desaparece cuando los votantes están divididos en circunscripciones electorales con un número reducido de representación. Nunca llueve a gusto de todos y, pese a su recurrencia, la reforma electoral que demandan los partidos minoritarios no parece tener plazo inmediato. Así que, en la espera de una solución posible y la seguridad actual de que cualquiera que se adopte dejará descontentos, sería deseable que no culpásemos de los resultados al dichoso sistema y que no aliviásemos el enfado mentando al susodicho profesor de Gante y a su digna¦ parentela.