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Carlos Pinto Grote – Por Luis Ortega

Debo las primeras referencias y lecturas del escritor Carlos Pinto Grote (1923-2015) a su entrañable amigo Luis Cobiella Cuevas (1925-2013), que pasó al otro lado una bulliciosa y mágica Noche de San Juan. Por la misma fuente y, con parejo entusiasmo, conocí a Pedro Lezcano Montalvo (1920-2002) y, algunas décadas después, tuve oportunidad de saludarlos en Gran Canaria y oír de los tres las anécdotas que, en los años de bachillerato, me había contado con fruición y nostalgia mi tocayo. En las mocedades laguneras compartieron poesía, música, arte y humor, “aliñadas, naturalmente, con cierta cuota de locura” y, cada cual en su isla, defendieron la cultura como comportamiento y “la amistad como espejo”. La repentina muerte de Carlos -siempre me exigió el tuteo- me llegó en un vuelo interinsular, con la entrega ritual del periódico isleño y la galleta de cortesía y, además de comentarla con el compañero de asiento, de modo instintivo evoqué al trío de lujo que revolucionó la pacífica Aguere del medio siglo. Después volví al último encuentro, fortuito y fugaz, en esta misma primavera y con motivo del estreno de un documental de Tarek Ode sobre el desaparecido Arturo Maccanti; en el Teatro Leal, acompañado de su hijo, elegante y cordial, como siempre, comentó con agudeza el audiovisual y presumió de sus espléndidos noventa y un años, demostró su buen estado de forma e insufló en todos los presentes un golpe de alegría y optimismo. A la vuelta a casa, no me sustraje a la pulsión de releer un poemario redondo -Muda compasión del tiempo (1963)- que convive en una cómoda y asequible estantería con las exquisitas publicaciones de Nuestro Arte, cuidadas por Antonio Vizcaya y Pedro González. Con la noticia de su tránsito vuelvo a la lectura que alterno con las necrológicas que la prensa dedicó a un hombre notable, un isleño ejemplar, reconocido por las dos ciudades -La Laguna y Santa Cruz- entre las que compartió su vida y su trabajo y que pidió, para su despedida, la bandera tricolor de su fidelidad republicana; un psiquiatra eminente con amplia trayectoria profesional y académica -fue presidente de la Real de Medicina de Canarias y numerario de doctas corporaciones nacionales- y, para su mayor gloria, un culto, sensible y fastuoso lírico, autor de una docena de títulos capítales, “un poeta lagunero”, como le gustaba calificarse, distinguido con el Premio Canarias de Literatura de 1991.