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Los carritos – Por Caco Senante

Antes, Santa Cruz era una ciudad inundada de carritos. Duraron hasta los 70. Eran de madera y cristal, y todos pintados de blanco. Cumplían la función que ahora tienen los kioskos, pero con una oferta típica de la época. Por ejemplo, vendían “cigarros sueltos”, dulces y bocadillos hechos al momento, de chorizo o de sardinas. Tenían su ubicación, pero por la noche dormían en algún depósito o garaje. Eso provocaba que al atardecer se producía un éxodo de carritos por la ciudad con destino a sus respectivos dormitorios. En una ciudad llena de cuestas como la nuestra, no dejaba de ser pintoresco ver el esfuerzo que tenían que hacer para llevarlos a acostarse. Cada ciudadano tenía dos carritos base. El de cerca de su casa y el próximo al trabajo o lugar de estudio. Eran distinguidos por el nombre de quien lo regentaba. El cercano a mi casa era el Carrito Concha, en la confluencia entre Robayna y Costa y Grijalba. Y frente al colegio Alemán, entonces en La Rambla, tenía el Carrito Don Eladio, que acaparaba también a los de las Escuelas Pías de abajo. Cuando me fui a estudiar a La Salle, me correspondió el conocido popularmente como el de Amadita la Petuda, mujer cariñosa con todos los estudiantes lasalianos. Uno famoso era el Carrito Machín, frente a La Recova y conocido popularmente como La Universidad.

Siempre rodeado de tertulianos que entablaban discusiones que terminaban con la consulta a Machín, que sabiamente dictaba sentencia para dar la razón a quien él creía que la tenía y todos aceptaban su veredicto. Estaba el clan de los gallegos, hermanos que regentaban uno en La Rambla frente a la Churrería La Madrileña, otro en Álvarez de Lugo con Rambla de Pulido y otro por Capitanía, famoso por las teleras de chorizoperro con que se alimentaban los sorchis que estaban haciendo la mili en la Caja de Reclutas. En la plaza de los Patos estaba el Carrito Paco, hombre de importante nariz. Y también en la Rambla, donde la Estatua, el Carrito Samarín, que tenía de clientes a las Escuelas Pías de arriba y a la Pureza.Un poco más allá, haciendo esquina con Numancia, estaba el de Don Manuel el Mangante. El recientemente fallecido Carlos Pinto Grote, por siempre recordado como hombre sabio y gran conversador, me brindó esta anécdota sobre este carrito. En cierta ocasión, un agosto, se le derritieron unas melcochas que tenía en las vitrinas laterales y se le deslizaron sobre unos barquillos que tenía debajo. Don Manuel solucionó aquello, vendiendo a peseta, cucharadas de aquella mezcla, que el bautizó como mangantadas. Nos quedan muchos carritos por nombrar que forman parte de la memoria histórica. Será obligatorio otra columna para recordarlos. Muchos de nosotros, daríamos lo que fuera por tomarnos un refresco en polvo de naranja, mojando una regalíz chupada. Y otros, por comprar unos cigarritos sueltos. Deja ver…