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Daniel López – Por Luis Ortega

Un condiscípulo de primaria me recuerda en cada uno de nuestros encuentros, casuales o programados -el lustral de la Bajada de la Virgen es obligatorio- que, en un atardecer lejano, en la avenida Marítima, vimos junto a otros paseantes el rayo verde; se trata de un extraño fenómeno óptico que se produce cuando el sol se esconde sobre el mar y, con la parte superior del disco oculto, sólo llegan a nuestros ojos los colores amarillo y verde, éste en destellos dominantes. Siempre creí que, para que ocurra tal maravilla, se requieren unas determinadas circunstancias climáticas y un día radiante y un espíritu alegre; para verla y disfrutarla, sólo se necesita fe, sólo fe. Aunque algunas veces lo olvidemos, desde hace tres décadas La Palma cuenta con una atalaya que, contra las nubes y la calima, acerca los prodigios celestes, los escruta y justifica para la ciencia. La pasada semana y por correo digital (el más rápido, eficaz e indiscreto) el compañero de infancia me envió el mágico testimonio de otro rayo verde -a través de las webs El Cielo de Canarias y Verne.elpaís.com- con el valor añadido de su procedencia lunar. Las imágenes fueron captadas por Daniel López, astrofotógrafo de reputación internacional que trabaja para distintas áreas del Instituto de Astrofísica de Canarias y publica sus trabajos en revistas de referencia como National Geographic y Nasa-Apod. Detrás de este logro está su solvencia técnica y, según cuenta, varias intentonas previas y una intensa y productiva sesión durante la cual tomó dos mil instantáneas, destinadas a la grabación de un timelapse, con dos cámaras -“la primera con un teleobjetivo de 840 milímetros y la otra con un objetivo de 200 para obtener un campo más abierto”- “y la suerte” que, según los técnicos, es capital en estas tareas. Desde la cima garafiana había seguido la secuencia de la salida de la luna llena detrás de la cúpula de los observatorios del Teide -que, como el Roque, están a 2.400 metros de altura- y, después, en el repaso de ese bloque observó “una mancha verde y comencé a pensar que había conseguido un rayo verde lunar, algo que sólo había visto por Internet. La remití a la Nasa, que me contestó enseguida y me anunció su publicación el 5 de junio”. A cuenta de ella, en estos días, amigos de Europa y América me transmitieron sus emociones y nostalgias insulares porque un fugaz relámpago selenita, o cualquier otro hallazgo o efecto del firmamento, resultan más eficaces y hermosos que cualquier propaganda promocional, no lo duden.