Después del paréntesis >

Inquebrantable – Por Domingo Luis Hernández

Nació el 20 de julio del año 1960 en Caracas. Así ocurrió porque su padre hubo de refugiarse en Venezuela por razones de índole política durante seis años, de 1955 a 1961. Luego, restaba apenas uno para regresar a casa.

Su padre es el conocido e importantísimo pintor canario y español Pedro González, que en aquella ciudad (riquísima entonces) disfrutó de la maravilla pictórica del momento, aparte de sus clases, por ser un eximio maestro de pintores, y que encontró el porvenir en el arte abstracto para exhibir uno de los periodos más sublimes de su obra.

Ese es su antecedente; un antecedente que lo marcó aunque no lo condicionó.

Lo marcó porque Pedro Zerolo no eligió su nombre. Acaso la recién parida, en atención a su marido, así lo decidió: Pedro y González. Lo que eligió fue el apellido por el que se le conoció, Zerolo, el apellido de su madre y de la estirpe de su madre. Pongamos que no se quiso repetir, que optó por apartar de sí el destino y la posición en el mundo de su padre. De lo cual deducimos que la madre como referente implica la sublime relación, acaso la alianza, la complicidad y el ajuste entre ambos.

Y desde muy pronto fijó su porvenir. Frente a la sublime vocación artística de su padre o a la científica de su familia (es sobrino del bioquímico don Antonio González, y su padre asimismo estudió ingeniería y química) centró sus estudios en la abogacía. Con la abogacía su vocación de intervenir, de ajustar las diferencias, de apostarse en la defensa del respeto y de la gravedad.

Porque él era quien era, no renunciaba a serlo y como tal se implicaba, como tal se exhibía. Desde su intervención en el movimiento LGBT (Lesbian, Gay, Bisexual and Transgender), en defensa de los derechos de los homosexuales, lesbianas, transexuales y bisexuales, hasta su militancia política, esa que siguió la senda de su padre en el PSOE; desde su radical rechazo a la homofobia a su pelea por el cambio social.

Se comenta una frase de su padre: “Sabía que a mi hijo le gustaban los hombres -dijo-, no que fuera el jefe de todos los homosexuales de España”. Ser el jefe de todos los homosexuales de España era un reto y la certidumbre de que alguien como él habría de enfrentarse y soportar con entereza, el rostro alzado, como tuvo incluso en la enfermedad, el escarnio por su opción sexual y el rechazo por su compromiso.

Lo confirmó Rodríguez Zapatero: Pedro Zerolo fue quien lo conminó a que la igualdad dicha se legislara. Y lo logró, no por procurarse un éxito particular sino por el registro sublime, único y perdurable de la dignidad. También lo enunció el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero en la capilla ardiente: “Con Pedro Zerolo comprendías qué significa ser más valiente, más libre y más responsable”. Y el mismo Pedro Zerolo lo proclamó: por una cosa es por la que algunos hombres resultan inquebrantables: “estar de acuerdo con uno mismo”.

El fatídico cáncer de páncreas lo descubrió y lo mató antes de tiempo. Su compromiso, su capacidad de querer (como recordarán siempre su marido y sus amigos), su lucha endémica, su rigor, su tesón, su categórica certidumbre democrática, su altura ética y moral, su ejemplo… no.