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José María del Arco

Por un colega salmantino, vinculado las últimas décadas al Centro Territorial de TVE de Valladolid, supe la historia de Pesetos y de su singular museo de orinales, el mayor y más importante del mundo, según parece, curiosidad y orgullo de Ciudad Rodrigo, donde se abrió en 2006, en un edificio dieciochesco que, antaño, fue el Seminario de San Cayetano. Maestro de escuela y con economía desahogada, José María del Arco (1942-2011) provocó el mote por su sentido del humor, por su afición a las antigüedades y porque, en carnavales, usaba un disfraz tachonado con las monedas rubias. Inició su valiosa colección en 1980, cuando un amigo contratista le regaló una caja de madera, rescatada del derribo de un hospital, que contenía cuatro piezas, nada menos que de Limoges; esto ocurrió en 1980 y, entrado el siglo XXI, había reunido casi tres mil de todos los materiales y épocas, de las que se exponen en la actualidad dos tercios. Me contó mi cicerone que, por absurdo pudor, las páginas web oficiales no citan como incentivo turístico de la Ciudad Antigua, Noble y Leal esta instalación que recibe miles de visitantes anuales “por su atractivo irresistible y estratégica situación, a veinte kilómetros de la frontera portuguesa”. Tiene como elemento estelar, por antigüedad y rareza, un bacín árabe de barro amarillo, modelado en el siglo XIII. Del Arco reunió el grueso de los fondos en el Rastro madrileño, en París

-en el Mercado de las Pulgas- e Inglaterra, auxiliado por su esposa Pamela que lo convirtió en un experto en los regateos y compras en el londinense Portobello y en subastas y almonedas de todo el país. La época victoriana es la mejor representada dentro de esta antología de objetos inexcusables del ajuar doméstico, con auténticas delicadezas que dignifican sus usos prosaicos. Realizados en madera, metales diversos en su color o esmaltados, cerámica y porcelana, oro, plata y platino (una miniatura como una lenteja que contrasta con un recipiente de medio metro de altura procedente de la localidad), junto a los pericos, que muestran la evolución estética y las diferencias sociales, aparecen las galangas, verticales de tipo botella; las chatas, para encamados, redondas y con cuello alzado; las cuñas, para colocar, mediante dos asas, entre la cama y el dorso del paciente; y los “dompedros”, muebles de maderas nobles, con marquetería, marfil y pan de oro, con bacinas ocultas. Y otros más funcionales para alivio en los viajes. Les aseguro que, en el día de mi visita, era el espacio más concurrido de la hermosa localidad.