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Joseph Blatter

En un próximo congreso, Joseph Blatter (1936) abandonará la Fédération Internationale de Football Association, conocida mundialmente por el desprestigio alcanzado durante su presidencia. Tras diecisiete años sólo se anota en su haber el poder económico logrado con su facturación anual de dos mil millones de euros, duplicado en los años de mundial. En su debe está su blindaje frente a la fiscalización externa, la prohibición de resolver las diferencias en los tribunales ordinarios y, además, el estado permanente de sospecha, sustanciada ahora por la justicia norteamericana con la imputación de siete directivos, incluido el segundo en la escala de mando -el francés Jerome Walcke- en una trama corrupta que, entre otros delitos y mediante abultados sobornos, adjudicó los mundiales de 2018 a Rusia y 2022 a Catar. La investigación del FBI alcanza al propio Blatter que dimitió, cuatro días después de su reelección en una asamblea amañada, según los aspirantes que retiraron sus candidaturas. Al fin surtió efecto la presión de Estados Unidos y la Unión Europea y, tal vez, en busca de una solución venial a sus problemas, declaró su próxima marcha “por el bien del deporte” y con la promesa de “la regeneración moral” del podrido organigrama antes de la convención que elegirá a su sustituto y que tiene como tope el mes de marzo de 2016. Su anunciado adiós fue saludado con satisfacción por numerosos políticos -Obama, Merkel y Cameron ya le habían criticado abiertamente- y por presidentes y ejecutivos de equipos y deportistas destacados. Hasta hoy no han aparecido defensores de su oscura gestión; ni tan siquiera el burdo maniobrero Ángel Villar que, tan callado en España, proclamaba antes “la honestidad ejemplar” de todos sus colegas y que, por lo que avanzan algunos medios, será uno de los próximos en declarar por el prolongado y bochornoso escándalo. La investigación exhaustiva de la FIFA, incluida la auditoría independiente de sus cuentas, la exigencia de responsabilidades penales y las restituciones económicas que procedan, son las condiciones mínimas para devolver la confianza a una institución viciada que, de no entrar en el camino de la transparencia, deberá desaparecer como ha existido hasta hoy, sin gloria y sin pena; para bien del fútbol, que no tiene nada que ver con el fúrgol que dice el tosco vicepresidente de gran sueldo y desproporcionadas ambiciones en relación con sus capacidades que, para colmo, está también en el punto de mira de la justicia internacional.

Por Luis Ortega