Después del paréntesis >

Pactos – Por Domingo Luis Hernández

Si se atiende a la desproporción, se entenderá qué ocurrió en las pasadas elecciones. Rajoy se escuda en el hecho de que la economía va bien. Sin embargo, pocos se lo creen del todo. Que ahora las empresas ganen mucho dinero y los bancos (incluso los rescatados), no implica que el resto de los mortales que hacen el país estén a su altura. Los datos cantan. No las estadísticas que publica el gobierno, sino la de las organizaciones independientes y especializadas: del 70% de gasto público se ha pasado al 100%; del 17% de pobreza al 23%. Más dos millones y tantos de familias sin ningún ingreso, y la pobreza infantil, y gente con más de cincuenta años que se siente excluida para el trabajo, y millares de jóvenes preparados que huyen a países extraños para encontrar acomodo, lo cual es gloria divina para los elegidos y una verdadera desgracia, desgracia irreparable, para España; y los desahucios; y un dato proverbial: somos el peor país de la Unión Europea en la cuota de igualdad. Lo cual es mucho decir. O poco, según se mire.

Si eso es lo que se sufre en un país llamado España, pese a que la economía vaya bien, es por el modo de ser y de actuar del gobierno que nos asiste. O lo que es lo mismo, Rajoy gobierna para que la economía vaya bien, no para que le vaya bien a todos los ciudadanos por igual. Millares de personas atadas a la parca supervivencia y la clase media que cada vez paga más y el poder adquisitivo es menos. Si a ello se suma la infausta corrupción, que una fecha sí y otra también toca al PP, ahí nos vamos a encontrar. Porque lo que los votantes se preguntan es cómo Rajoy (que ha sido cargo y mando en un partido) ni sabe nada de la Gürtel, ni de los gerentes del partido, ni de los sobres, ni cómo se pagaron las reformas… y siga incólume por las sendas de este mundo. Más aún, que inopinadamente proclame que claro que le va mal al PP por eso de la corrupción cuando la prensa y la televisión se dedican día tras día a hablar de eso de la corrupción del PP. Inapelable, no va más. Lo que consuena, pues, con los datos apercibidos, no es que dos partidos (IU y UPyD) fueran sustituidos por dos partidos (Podemos y Ciudadanos) sino que organizaciones ciudadanas se reúnan (incluso en su radicalidad) para intervenir. PP y la antisocial y corrupta CIU han perdido Barcelona, Madrid, Valencia… Y entonces se les ve el plumero. Que el PSOE ajuste los votos de la izquierda es radical e impropio. Quienes gobernaron con decretos leyes y que, dada la condición de estadista de Rajoy, no creyeran oportuno consensos para los cambios radicales en leyes laborales, sanidad, enseñanza, seguridad…, ahora enuncian antipatriotismo por no avenirse al gran pacto de Estado que los consuele. Y quienes tenían apalabrado acuerdos dilectos con el PP (CC en Canarias), paso atrás porque no salen las cuentas. O que la señora Carmena, que se jugó el físico en la dictadura de Franco cuando la señora Aguirre y su familia vivían como reyes, ahora sea un peligro para la democracia. O que las pinzas con la derecha se paguen, como le ocurrió a IU en Extremadura. Es decir, por fin la democracia se ajusta, a fuer de los presumibles disgustos que la derecha no estará dispuesta a resistir. Pero que sea para bien. Aunque para ello no nos sorprenda descubrir la nefasta cara de los impostores.