Después del paréntesis >

Padre – Por Domingo Luis Hernández

Cuentan que si nos propusiéramos explicar su complejo de Edipo, ese que destacó en uno de sus cuentos más admirables, Emma Zunz, o que el filósofo catalán Xavier Rubert de Ventós contempló en su casa de Buenos Aires al ver los enseres de doña Leonor Rita Acevedo Suárez de Borges tal como ella los dispuso y como si continuara viva, si pudiera explicarse se aduciría una maniobra de su padre que no superó: cuando cumplió dieciocho años, su progenitor eligió a su amante para que lo instruyera en el sexo. La madre engañada y ocupada por el padre que engaña, eso que adujo alguna vez: “Lo que suponemos que nuestros padres les hacen a nuestras madres”.
Digamos que ese primer castigo marca su porvenir. Una conocida ex novia suya lo explicó en las memorias sobre él: “tenemos que acostarnos”. Y él la invitó a cenar. ¿Por el pedido? No. “Porque por el pedido deduzco que no te produzco asco”.

Y esa entraña del ser cuenta con un correlato: el vivir, esa punta meritoria de las mujeres y de los hombres que él no disfrutó: el placer, la satisfacción por penetrar o sentirse penetrado, el compartir los cuerpos, el asumir el ardor de la piel. De manera que el gravamen del suceso descrito y sus consecuencias argumentan la entidad: un padre que le complica el compartirse o que lo separa del mundo y lo encierra en una vasta biblioteca de libros ingleses tras las verjas de su casa y el cuidado jardín y de la que jamás salió. Los libros son la alternativa y la vida una ilusión, como ficticios son Ulises, Quijote, Ahab, Jekyll o Hyde.

De ahí parte la conmoción, la infeliz condena que deplora el futuro y aduce que “los únicos paraísos no vedados (no prohibidos) al hombre son los paraísos perdidos”. Ni el presente ni el paso demás desde el presente: pasado. En el pasado el romanticismo, un hombre fuera de su tiempo que se interna en el siglo XIX. Y con el XIX lo que ese siglo eligió: el coraje, la pelea, la estampa suprema del macho que persiguió en los compadritos de Buenos Aires que veladamente conoció y admiró. Y de ellos su instrumento: el puñal, el puñal regalo de su padre que siempre lo emocionó por su sueño de tigre, por ser el arma que asesinó a César, el arma que cumple con la decisión.

De manera que cuando se aprendió de memoria a Schopenhauer comprendió y vio. Vio que a su alrededor la heroicidad no era solo un mérito sino el signo supremo de la voluntad y de la responsabilidad. Por eso acarició la figura de sus abuelos militares, por eso arrastró hasta su cuento autobiográfico, El Sur, a su abuelo Francisco Borges Lafinur, que murió de muerte romántica, enfrentado sin armas a sus enemigos para que lo mataran en correspondencia con su compromiso de guerrero.
El padre cerró la tradición militar de la familia y no se privó de mostrarle a su hijo que se dejaba morir cobardemente.

Es decir, la espita de su latir, eso que proclamó en el año 1981 al recordar y escribir sobre el compadrito Juan Muraña, ese ser que fue un puñal y que salió a su encuentro para proclamar su frustración y repetir lo único que sabía hacer: salvar la memoria del olvido con la escritura.
Jorge Luis Borges.