Pau, Pau, Pau…

No quiero ni imaginarme la cantidad de fracasos experimentados estos días al recibir los resultados de la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), no sólo de quienes no la superaron, sino de quienes, habiéndola superado, no obtuvieron la calificación necesaria para iniciar los estudios en la facultad deseada. La biografía de cada uno está escrita tanto con la tipografía de la propia libertad y opción personal, como con la de tantos otros aspectos que escapan a nuestra autonomía.

¿Cómo condicionar a una prueba exclusivamente el futuro de nuestra vocación profesional? Ya sé que no todos quedan condicionados a ello, pues quienes pueden permitirse la matrícula en una universidad privada, tal vez puedan convertir en realidad la específica opción personal. Pero, ¿qué pasa con aquellos que no pueden?
Es el resultado de administrar recursos limitados. Como cuando el corazón de un solo donante tiene varios enfermos con insuficiencia cardiaca a la espera… ¡Qué difícil es que todos puedan tener acceso a todo! Resulta complicado manejar la frustración y el fracaso sin que perdamos el sentido de la vida y el necesario horizonte de felicidad personal.

Tal vez nos resulte oportuno distinguir entre “los deseos” y “el deseo” profundo de nuestro corazón humano. Si somos capaces de leer adecuadamente nuestro corazón y distinguir estos dos ámbitos, tal vez una frustración no nos rompa, no nos deprima… Porque no siempre aquello que creemos que va a ser la panacea de nuestra alegría al final lo es. En este sentido, me gusta mucho escuchar a Alberto Cortés describir la búsqueda de la felicidad personal de quien, a pesar de “los deseos” múltiples y variados de los suyos, en su corazón sólo estaba “el deseo” de ser bombero.

A quienes han logrado aprobar la PAU y alcanzar su deseo, muchas felicidades. A quienes no lo han logrado, tranquilos; sigan leyendo “el deseo” de su corazón. Como nos decía Pablo de Tarso: “Para el que cree, todo le sirve para su bien”.

@juanpedrorivero