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Primeras bofetadas – Por Victoria Lafora

Una semana de funcionamiento municipal y las nuevas alcaldías empiezan a echar humo. Los recién llegados, que han cruzado la frontera desde la descalificación al poder, reciben la misma medicina que alegremente dispensaron a los partidos tradicionales. Se rebusca en su pasado, se sacan los trapos sucios, incluso, antes de tomar asiento, ya se pide su inhabilitación. El PP ha sacado toda su artillería y, de aquí a las generales, no va a dar tregua ni al izquierdismo radical ni sus colaboradores necesarios: los socialistas. Rajoy toma el poder en el partido, hace un lifting con caras nuevas, de pocos años y mantiene en la retaguardia a Javier Arenas para que le cuide el patio de martes a domingo. Del ofrecido cambio de Gobierno ni palabra. Primero amagó, luego confirmó, y al final, muy en su estilo, guarda el secreto que es lo que más le divierte. Precisamente, en la semana en la que dirigiéndose a los líderes de su partido, en tono solemne, reconoció que la comunicación no había sido su fuerte, vuelve al regate de ser el guardián del secreto. Como si los ciudadanos estuvieran para bromitas. La curiosidad, o el efecto positivo que toda crisis conlleva, se diluye en el aburrimiento de la espera y ya ni siquiera va a provocar decepción el que solo cambien dos nombres. Queda por ver, eso sí, el precio que va a pagar, si es que lo paga, Soraya Sáenz de Santamaría por sus malas relaciones con el partido; por crear una camarilla paralela al G-5 (el grupo de amigos íntimos del presidente) y por ningunear a Cospedal que sigue en Génova pero como si no estuviera.

Mientras, Manuela Carmena, maternal, disculpa a los jóvenes airados que la rodean, los llama buena gente, y sugiere que tal vez quieran pedir perdón por su pasado, Cristina Cifuentes cierra un pacto con Ciudadanos que va a cambiar Madrid de arriba abajo. Vuelven los comedores escolares a funcionar en verano para esos niños que, según su antecesor Ignacio González, no tenían carencias alimentarias, si no problemas de obesidad. Se acabo el corralito del consejo consultivo donde los expresidentes se llevaban cada mes 5.000 euros netos a casa por asistir a una reunión semanal. Se va a mirar debajo de las alfombras y el código contra la corrupción va a ser de obligado cumplimiento. No parece que Cifuentes esté a disgusto con las condiciones impuestas y siempre quedará la garantía de que su inobservancia llevará aparejada el riesgo de una moción de censura. Eso sí que son aires nuevos en la política patria.

Al final, Pedro Sánchez es el candidato oficial y sin discusión del PSOE a la Moncloa, pero los meses venideros no van a ser un edén. Además de la campaña en su contra orquestada por el PP, los nuevos socios en ayuntamientos y comunidades le van a dar más de un disgusto. No solo en Madrid sino por toda la geografía. Como muestra un botón: lo sucedido en Cádiz, donde el joven alcalde de Podemos, conocido como Kichi, ha arriado la bandera de España y ha descolgado el retrato del Rey para poner la efigie del primer edil anarquista de la República. Y se ha montado la marimorena…