opinión >

Puertas y ventanas – Por Indra Kishinchand

Paseaba frente al mar como quien contempla una ciudad en ruinas. La calma desgastaba su existencia y su interior era un torbellino constante. Nadie se percataba jamás.

Le gustaba escribir en silencio y a puerta cerrada. Solo se permitía el lujo de abrir la ventanas al anochecer. Quizás entonces aparecían las musas o los tormentos; y por allí discurrían las venganzas que siempre quiso cometer. Supo entonces que el deseo era peor que la acción. Que no podía dejar de imaginarse arrebatándole la felicidad a quien no la merecía.

Pero frente a su pensamiento continuado, se presentaba la ejecución fugaz de sus miedos. Un disparo rápido y casi efímero, inocuo si se había vivido lo suficiente para no arrepentirse.

Malgastaba todos sus verbos en miradas y, a pesar de todo, no podía ocultar la catarsis suscitada por una existencia banal. Por eso evitaba la filosofía durante las horas de sol. No quería imaginar el resultado.

Era solo cuando llegaba el momento de enfrentarse a sí mismo cuando abría las puertas y ventanas de su hogar. Nadie sabe si alguna vez se contestó a las preguntas.